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¿Te acuerdas?

   

Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo.

Benjamin Franklin

LEOCADIO MARTÍN | Santa Cruz

Cuando nos reunimos los antiguos alumnos de mi colegio, es fascinante cómo recuerdan algunos cosas que otros ni siquiera sabíamos que habían ocurrido. Incluso aunque fuésemos parte de ese recuerdo.

¿A que esto lo podrían firmar cualquiera de ustedes? Recordamos situaciones que han ocurrido hace mucho tiempo y somos perfectamente capaces de ponerle detalles a la experiencia pasada, incluso si no estábamos allí. Sí, han leído bien. Componemos un recuerdo, con detalles y, a lo mejor ¡no formábamos parte de él!

En un libro autobiográfico, el eminente neurólogo Oliver Sacks, relata una vívida experiencia durante el bombardeo de Londres en la Segunda Guerra Mundial. El autor detalla cómo él, su padre y sus hermanos, lucharon denodadamente contra las llamas que había provocado una bomba cercana a su casa. La sorpresa vino cuando, tras leer el libro, su hermano menor le recordó que en aquella fecha que señalaba y cuando ocurrieron dichos acontecimientos, ambos estaban en la escuela.

Esta memoria “falsa” fue implantada por una carta. El hermano mayor de ambos, que les escribió describiendo el pavoroso suceso, consiguió que la imagen pasara, con el tiempo, de ser un relato de otro a ser una experiencia propia.

A pesar de todo, Sacks escribe que la memoria que tiene del suceso es tan vívida que le resulta difícil admitir que no estaba allí, a pesar de las evidencias.

Este tipo de experiencias son mucho más comunes de lo que nos gustaría imaginar.

Nuestros auténticos recuerdos pueden ser parciales, incompletos o, sencillamente, reconstrucciones basadas en fuentes externas. Si no tenemos forma de corroborarlo, especialmente cuando tuvo lugar hace mucho tiempo, lo seguiremos percibiendo como algo real.
Que este tipo de distorsiones de la memoria ocurren es algo incuestionable, lo que realmente me fascina es la razón por lo que lo hacen. Como se pregunta J. Dean en Psyblog, ¿el paso del tiempo “adapta” los recuerdos, o hay algún proceso activo que lo facilita?
Un estudio reciente arroja algo de luz sobre este curioso fenómeno selectivo y nos propone un modelo de cómo la memoria puede distorsionarse.

En este experimento, los participantes realizaron una visita autoguiada a un museo, viendo una serie de cuadros predeterminados por los autores. Estas “paradas” en cada cuadro simbolizaban diferentes recuerdos que podían haber ocurrido en la vida de los colaboradores del estudio.

Tras terminar la visita, se les pidió que miraran a una serie de fotos que mostraban las obras que habían visto en su periplo artístico, con el objetivo de reactivar los recuerdos de la experiencia. En este revival se introdujo una foto de una obra que no habían visto en su recorrido.

Es algo similar a cuando nos quedamos absortos mirando al mar y recordando nuestra niñez. Nos vienen imágenes sin orden. La mayoría son recuerdos de verdad, otras son asociaciones de cosas que nos han contado o que simplemente hemos fabricado. Se mezclan, las fuentes no están claras y su significado tampoco. Pero, emocionalmente, los vivimos como memorias reales.

Volviendo al estudio, los participantes regresaban para una sesión final en la que se les mostraba pares de fotos y se les preguntaba si recordaban haber visto esta u otra obra de arte en particular. Los recuerdos falsos se habían asentado de tal manera en su memoria, que eran olvidados o recordados en misma medida. Es decir, se acordaban de obras que no habían visto y no reconocían otras que sí. ¡Estaba todo mezclado! Este estudio parece demostrar que la memoria es un proceso activo y reconstructivo; acordarnos de algo no es un acto neutral. Si fortalecemos ese recuerdo, como en este experimento, nos acordaremos y construiremos toda una experiencia.

Se demuestra, además, que la memoria puede ser distorsionada o potenciada por el recuerdo que hagamos de ella. Incluso hasta llegar a recordar aquello que no ocurrió.

Es cierto que hablamos de una investigación llevada a cabo en un laboratorio. Pero, probemos. Recordemos con nuestra pareja, nuestros padres o un amigo, algo que tenga un significado especial para nosotros.

Comparemos las memorias de ambas partes y veremos cómo en la vida real las cosas no son tan diferentes.

Lo sé, esto puede llevarnos a pensar que nuestra memoria no es fiable. Quizás sea así. Pero prefiero pensar que lo que ocurrió en el pasado sigue abierto a nuestra interpretación en la actualidad.

Leocadio Martín es Psicólogo
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