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Aviso a perroflautas – Por Francisco Pomares

   

Vivimos tiempos bastante asirocados: la presión por la crisis es muy grande, los ánimos están muy excitados y uno puede entender que a veces alguien pierda los nervios y renuncie a la más mínima prudencia. Un provocador tuit de Sifgrid Soria, miembro de la Junta Nacional del PP, ha provocado en la red -y fuera de ella- una reacción probablemente desproporcionada, pero sin duda esperable y quizá buscada. Soria califica de perroflautas a quienes practican esa nueva modalidad de protesta que consiste en acosar a los políticos en las puertas de sus casas, y amenaza con arrancarle la cabeza a cualquiera que toque a su hija. Tal cosa -una agresión a su hija- no ha ocurrido nunca, y uno no entiende que Sigfrid Soria ponga el foco sobre su propia familia, ni se despache en una red social con un lenguaje violento y tabernario, impropio de un personaje público.

Puedo entender la situación de frustración que sienten hoy la mayoría de los gobernantes -estén en el poder o no- ante la percepción pública e íntima de su propia inutilidad para hacer frente a los problemas, y la crispación que experimentan ante formatos de protesta tan polémicos como el escrache. Ningún niño debería tener que soportar la tensión de una protesta contra uno de sus padres, a las puertas mismas del domicilio familiar. Pero hay otras formas de manifestar el rechazo de estas prácticas: desde la paciencia, la tolerancia y la buena educación demostrada por muchos políticos ante el acoso, convirtiendo en ocasiones una situación de gran tensión en una oportunidad para el diálogo civilizado, hasta la reflexión pública sobre lo perverso de un sistema de protesta que implica emocionalmente a personas del todo inocentes. Felipe González condenaba el miércoles con dureza una práctica que debería ser desterrada del catálogo de medios de presión pública, porque es radicalmente injusta y encierra muchos peligros. Si se quiere protestar contra el gobierno, contra un partido o contra un concreto cargo público, y se quiere hacer con movilizaciones públicas, la razón democrática señala los lugares dónde actuar: frente al ministerio, la delegación del Gobierno, la consejería o la sede del partido.

El escrache es un pésimo invento, importado de la Argentina del corralito: solo añade tensión y crispación a una situación que ya de por sí es explosiva. Como el tuit salvaje de Sigfrid Soria, y sus declaraciones igualmente imprudentes. Un representante público no puede ir por ahí amenazando preventivamente con arrancar la cabeza de nadie. En la política española sobra chulería y testosterona.