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después del paréntesis>

Calero – Por Domingo-Luis Hernández

   

Fue un encuentro casual, en la cafetería del Campus de Guajara, a donde concurría para satisfacer uno de los asuntos en los que anda comprometido Juan Luis Calero: asistir a un encuentro de especialistas porque él está a un paso de concluir la carrera de Filosofía, convertirse en filósofo profesional, el hombre que nos ha sorprendido y nos ha hecho reír con el pensamiento más propio de Canarias, el más profundo, el más convincente e inteligente.

Nos saludamos efusivamente, claro, y desmadejamos el estambre atropellado del ayer. Me preguntó si recordaba la vieja conversación que mantuvimos en el lejano año de 2006. Me confesó entonces que se marchaba, que vendería lo que cabía vender, que reuniría a su familia más cercana (su mujer y sus hijos) en torno suyo y que aquí paz y en el cielo gloria. Tú lo entenderás, me dijo entonces, porque has tenido el arrojo, el buen criterio, de vivir fuera de aquí algunos periodos de tu vida. Hazlo, confirmé. Madrid fue, es, la alternativa.

Esta tierra nos sorprende con argumentos de semejante tenor. Así somos. Recuerdo que una vez me dijo que una emisora pública de televisión suspendió un programa suyo porque tenía más audiencia que otro a la que la empresa de todos en cuestión le concedía el mérito de ser imprescindible, el fundamento de lo propio, de lo canario. Y también me contó que un buen día se vio sin programa de radio no recuerdo por qué ardid de las frecuencias. Él, que había contribuido con medios propios, con cámaras propias, a erigir la estampa de este mundo, vivía semejante conmoción.

“Es lo mejor que me ha ocurrido en mi vida”, me reveló. Y lo contemplé sereno, feliz, grave.

De lo cual se deduce que no fue extraño que habláramos del lugar, de la divina tierra de la Fortuna, de Canarias. Algunas situaciones es mejor verlas desde fuera. Lo comparto. No tenemos remedio ni futuro.

Vivimos en un lugar en el que ningún líder (si podemos tenerlos por tales) ha impuesto la cordura. Me lo preguntó un amigo peninsular hace mucho tiempo con cierta alarma: ¿cuál es la capital del Archipiélago? Ninguna o dos, respondí; una temporada una y otra temporada otra. La Laguna no cabe, porque es de acá; Antigua tampoco porque no es distinguida; ni El Rubicón. Y para que no haya quebranto, dos sedes de gobierno. Se escuchan incluso voces, y plataformas, que abogan por dos Parlamentos también. Porque la distinción tiene dueño y no se comparte. Así es que, dada la mesura, el compromiso, la responsabilidad de quien fabrica el porvenir en esta tierra, dos universidades se convierten en cuatro por una supuesta presión popular. Si antes una convencional en Tenerife y una técnica en Las Palmas, ahora una convencional en Tenerife, una convencional en Las Palmas, una técnica en Tenerife y una técnica en Las Palmas. Porque es un menoscabo (y el dinero nos sobra) que las chicas y chicos que opten por una carrera técnica se trasladen y fragüen su porvenir en Las Palmas; y quienes quisieran hacerlo en una universidad convencional se trasladen a Tenerife.

Tierra provisional en la que pululan, como manchas en la piel, los caciques, dueños de cajas de ahorro, de periódicos, de gobiernos, de ayuntamientos, de cabildos…

Es decir, lo dicho: sin futuro.