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Cambio de chip – Por José Miguel González Hernández

   

Que no. Que ya no hay más perritas para eso. Que si su idea de negocio depende de unos cuantos euros que le debe dar alguna Administración pública, ello significa que debe revisar su estructura de gestión y costes, porque eso es un claro síntoma de falta de estructura competitiva. Ahora mismo, creo que debe cambiar su modelo tradicional de, llamémoslo, extorsión pasiva por otro de viabilizar ideas adaptadas a una realidad social cambiante, que pueda ajustarse tanto a picos de demandas como a depresiones mantenidas en el tiempo del poder adquisitivo. Para eso hay que fortalecer sus estructuras en términos de vulnerabilidad y dependencia. Ya, ya sé que esas dos palabras han sido repetidas hasta la saciedad, pero es que los tiempos han cambiado, como decía la canción.

Decía mi padre que, si quería conseguir un empleo, debía tener un título universitario y el diploma de mecanografía. Ahora mismo, el consejo se ha vuelto extemporáneo y habría que cualificar más las habilidades transversales en materia de oportunidad, así como los conocimientos telemáticos necesarios a través de una alfabetización tecnológica general. Todo cambia, y eso necesariamente no debe ser peor, sino diferente. Pero a ver: ¿qué es lo que no entiende? Porque si quiere se lo repito. Las personas de bien pagamos impuestos con el fin de ser devueltos en forma de servicios y bienes públicos que reviertan en una mejora sustancial de las condiciones de vida. No vale sólo con poner música en la calle para que bailen un rato. Eso es divertido, pero sólo ganan unos pocos, y ese no debe ser el fin último de tu objeto social. Si los ciudadanos pagamos un euro, se nos tienen que devolver tres, como mínimo. Bueno, vale, ya sé que eso antes no se hacía así, y que la abundancia todo lo tapaba, y que queríamos tener de todo en todos sitios, pero ahora no. Ahora es hora de priorizar. Ahora es hora de dirigir los esfuerzos, que son muchos, en la dirección correcta, y la dirección correcta es la de estabilizar los desequilibrios sociales injustos. ¿Y por dónde empezamos? Pues, o bien por tapar los errores más sangrantes desde la perspectiva de la asistencia, o bien enseñamos a pescar en lugar de dar el pescado ya cocinado. Sinceramente, una combinación de ambos sería la idónea, sabiendo que, cuanto menos utilicemos la primera vía, significa que los resultados de la segunda se están consiguiendo.

Así que, entendiendo su sorpresa, al menos relativa, no se lo tome a mal y no empiece a esparcir porquería como una persona posesa por el enfado. Tranqui, colega, que hablando todo se arregla. ¿Qué necesita dinero? ¿A cambio de qué? Quid pro quo. Ya eso de comprar zapatos de hormigón y acercarse al muelle para probárselos no se lleva. Ni siquiera como moda vintage. No me imagino una legión de personas con trajes y camisas negras, con tirantes y corbatas blancas y sombrero negro ladeado, fumando humeantes puros y sonriendo de forma socarrona mientras chirrían las ruedas de los voluminosos Lassiter V16 Fordor por las calles de la ciudad. No. Mire, ahora las cosas deben provenir del consenso. Una vez definido de forma clara el objetivo a alcanzar, todos y todas debemos remar en una sola dirección, porque, de lo contrario, el barco sólo sabría dar vueltas. Poner la mano ya no se lleva, y menos con la palma para arriba. Aunar esfuerzos, sí. Ese cambio de mentalidad rompería las barreras del emprendimiento. No se puede permitir que la tarta la compren algunos, pero que otros se la coman, y además se les exija a los primeros que limpien los platos y recojan la mesa. Ese procedimiento debe erradicarse de la sociedad. Bueno, no seamos drásticos, pero hay que decir, y más de una vez: “Caca, eso no se toca”. Y es que, como dice el dicho, “ante el vicio de pedir, está la virtud de no dar…”

José Miguel González Hernández es ECONOMISTA