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Diario – Por Alfonso González Jerez

   

Martes, 18. Después de desayunar mi habitual bocadillo de rabo de toro y el zumo de naranja española he salido para tomarme el carajillo mañanero. Y he aquí que en el bar de la esquina, el de toda la vida, me ha dicho que no tienen Soberano. No he dicho nada ni destrocé la barra ni bailé sobre las tumbas de sus deudos porque soy una persona educada. Pero examiné discretamente al nuevo camarero y a los tres minutos lo calé: un perroflauta. Un perroflauta camuflado de camarero. Ahora se están introduciendo en los bares para dejarnos sin carajillos porque, ¿qué es un carajillo sin Soberano? ¿Qué vamos a tomar los hombres de verdad a primera hora de la mañana para enfrentarnos a la tarea de reconstruir España? Y son estos los que hablan de libertad. La libertad de dejarnos sin carajillos, claro. Pues al primer perroflauta que me deje sin carajillo le arranco la cabeza. Avisados quedan.

Miércoles, 19. Acabo de llegar a casa después de un extenuante día de trabajo. Es los que ocurre cuando tienes apellidos largos, que rellenas media docena de formularios y quedas agotado. Me ha ocurrido algo extraño. Mientras venía del aparcamiento noté que dos individuos me seguían. Inmediatamente reparé en que pretendían hacerme un escrache. Conservé toda mi sangre fría, porque estos enemigos de la libertad y de España solo me producen desprecio. Malditos nazis. Son unos nazis, marxistas, gandules, incansables estos perroflautas. En la esquina me di media vuelta y los reté. Les dije que les iba a dar de hostias si me dirigían la palabra. Tal y como esperaba salieron corriendo y bajo la luz de los faroles descubrí que estaban disfrazados de operarios del servicio de basuras. Al primer perroflauta que toque mi basura le arranco la cabeza.

Jueves, 20. Hoy coincidí con Juanjo Cardona en un cóctel. Me he quedado de piedra, porque dijo ahí, en público, que los desahucios eran un escándalo. Discretamente me acerqué y le comenté claramente que al primer alcalde que vaya de perroflauta le arranco la cabeza.

Viernes, 21. Por fin viernes. Como todos los fines de semana me recluiré en el búnker que tengo en el sótano, debidamente armado y entrenado. Al primer perroflauta que me traiga peperoni en vez de cuatro quesos le arranco la cabeza.