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Explicaciones – Por Jorge Bethencourt

   

Como éste es un país mediterráneo, donde la niñez sigue jugando en esa playa a la que arriban los restos de los naufragios de la historia, la deconstrucción no solo se reduce a la gastronomía del Bulli sino que trasciende al ámbito de la política y del Estado. Cada cierto tiempo a España la sacude una catarsis suicida que despierta viejos fantasmas de tierra y de sangre. Y por los pasillos del alma nacional circula un viento de enfrentamientos que acaba siempre en un torbellino de autodestrucción.

Con las repúblicas nos ha ido de cúbito supino (dos nos hemos cargado) y ahora toca deconstruir esa cosa llamada monarquía, un sistema donde la jefatura del Estado consiste en una carrera de relevos genética, en la que los padres van pasando la corona a sus hijos. En acabar con eso tenemos más experiencia.

Varios partidos de izquierda han solicitado al rey que explique el origen de la herencia recibida de su padre, don Juan de Borbón: unos millones de euros colocados al parecer en bancos suizos. La izquierda española siempre ha sido implacable con los millonarios, porque considera que el único que puede tener pasta es el Estado. Por eso se dice que la derecha hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, mientras que la izquierda hace pobres a todo el mundo. Pedirle al rey explicaciones sobre su herencia además de perfectamente inútil es injusto. A quien habría que pedirle explicaciones es a su padre.

Si la izquierda española no estuviera ideológicamente suscrita a la persecución del pecunio ajeno podría haber aprovechado el viaje para solicitar al rey una explicación menos materialista y más filosófica. Una sobre aquel juramento del que vinieron tiempos tan feraces de libertad. Cuando en las Cortes de la España, Una, Grande y Libre, al ser nombrado sucesor de Franco, dijo recibir del “generalísimo” la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936, en medio de tantos sacrificios, de tantos sufrimientos, tristes pero necesarios para que nuestra patria encauzase de nuevo su destino. Y es que mientras el dinero es una promesa de pago a un portador anónimo, las palabras son cadenas cuyos eslabones nos llevan directamente a sus esclavos.

Ya que estamos en pleno delirio, camino de un paroxismo social con desgraciados precedentes fratricidas (ahí están las fosas volviendo como si nada; como si todo) vamos a exhumar todos los muertos del pasado. El jefe de este Estado en saldo no tiene por qué justificar la herencia de un rey que no reinó: su padre. Pero que nos explique la herencia política del que sí lo ha hecho -bien, por cierto- desde la falsa legitimidad del golpe de estado de 1936. Esa explicación no me la pierdo.