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República – Alfonso González Jerez

   

Que conste que servidor es republicano. Y no uno de esos republicanos sobrevenidos que ahora abarrotan las redes sociales entre espumarajos de indignación y lágrimas de risueña esperanza. Soy republicano antes de conocerse las fotos de elefantes abatidos, las falsas princesas que han convertido el putiferio en orfebrería de Estado y los yernos trincones a los que ser simplemente millonarios se les antoja una limitación indecorosa. Si se celebrase mañana un referéndum entre monarquía y república, en fin, tendría muy claro la papeleta a elegir. Pero creo que no pasa lo mismo con demasiada gente que percibe el final de la monarquía como la aurora de un nuevo y promisorio mundo político, un horizonte moral por fin al alcance de la mano. El proceso de constituir una nueva república sería una suerte de catarsis por el que el país purgaría sus pecados y ajustaría las cuentas con los malhechores que nos han traído hasta aquí y entre los que no se encuentran, por supuesto, ninguno de los presentes. Uno de los errores más perturbadores y repetidos al estudiar los procesos históricos está en insistir en las diferencias de las distintas etapas que pueden establecerse y no en sus semejanzas, muy a menudo más significativas. Como señalaba hace poco una historiadora, son miles los funcionarios españoles que se jubilaron en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo después de haber trabajado en las administraciones bajo los gobiernos de Primo de Rivera, la II República y el franquismo. Bajo las convulsiones políticas se arrastra una tozuda continuidad de estructuras, concepciones, intereses, hábitos, reglamentos y mitologías. Un régimen republicano no eliminaría por sí mismo la corrupción política, no reduciría el desempleo o las desigualdades sociales, no empujaría mágicamente hacia el fin de la recesión. Un régimen republicano concedería mayor dignidad y calidad democrática al país pero, sobre todo, aumentaría nuestra responsabilidad como ciudadanos. La elección directa o indirecta del jefe del Estado por un procedimiento democrático sería un derecho recuperado, pero también un deber responsable. Un presidente de la República, en definitiva, sería de verdad alguien que nos mereceríamos porque lo pondríamos nosotros y no una arbitrariedad genética. Nada menos, pero nada más porque, como explicó nuestro último presidente, Manuel Azaña, “la libertad no hace ni más ni menos felices a los hombres; los hace hombres, simplemente”.