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Thatcher – Por Alfonso González Jerez

   

Martin Amis dijo una vez que solo la condición de mujer había rescatado a Margaret Thatcher del desinterés más vulgar. “Un Marmaduke Thatcher hubiera sido tan aburrido como la lluvia”. Es muy posible que el monótono apelativo de Dama de Hierro demuestre esa tesis, tanto como ese tan emocionado como bovino elogio de Ronald Reagan: “Es el mejor hombre que tiene Inglaterra”. Curiosa manera de exaltar a una estadista. ¿Lo fue la señora Thatcher? Pese a su evidente influencia en la política británica (y en parte europea) en el último cuatro de siglo, lo dudo mucho. A mí me conmueve extraordinariamente el empeño de tantos liberales, neoliberales o anarcocapitalistas -estos últimos suelen esbozar algunos aspavientos, pero al final sucumben a la idolatría- para encontrar en Ronald Reagan o Margaret Thatcher a estadistas con un diagnóstico sólido, un programa reflexionado y coherente y una estrategia genial.

No hay nada de eso: nunca lo hubo. Ni Reagan ni Thatcher, individualmente considerados, disfrutaban de mayor sofisticación intelectual que un alcalde de un municipio de medianías de Tenerife, aunque su habilidad política sea incuestionable. No leyeron nada, nada estudiaron, no mostraban maldita curiosidad por nada, y eso mismo los convertía en magníficos candidatos para ocupar sus puestos, y en gente realmente peligrosa. Su ideología consistía, básicamente, en el concentrado de sus prejuicios y se adaptaba maravillosamente a las necesidades estructurales de un conjunto de intereses muy concretos. Ambos procedían de la clase media -más modesta en el caso del actor estadounidense, más acomodada en el de la británica- y ambos habían llegado. ¿Cabe mayor evidencia de que el Estado no era la solución, sino el problema? Luego compruebas que, sorprendentemente, ni en términos absolutos ni relativos el gasto público de los mandatos de Reagan y Thatcher descendió apreciablemente. Al final aumentó, más en Estados Unidos que en el Reino Unido. Para juzgar sus mandatos -las políticas y programas de la revolución conservadora, cuya médula respetaron y aun acentuaron Clinton y Blair a ambos lados del océano- basta con echarle un vistazo a la situación política, económica y social que sus conciudadanos disfrutarán actualmente.