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¿Agua pasada no mueve molino? – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

   

Ese viejo refrán de que “agua pasada no mueve molino” parece que no casa con José María Aznar. Si es cierto que el pasado, pasado está, lo que el martes hizo el expresidente durante su entrevista en Antena 3 fue precisamente una apelación al ayer, a las esencias primarias de su partido, a las bases de su sustento ideológico. No significa un retroceso político o económico, sino una vuelta a los orígenes que entre el 96 y el 2000 tanto contribuyeron a la buena marcha del país. O a lo que el mismo Aznar denominó “objetivos históricos de la transición” para recuperar el pulso de la nación, la cohesión del Estado y su proyección internacional, reformar y modernizar las instituciones y la fiscalidad y cerrar un pacto social que garantice el futuro de las pensiones. Más que el preludio de su regreso a la primera fila de la política, el líder conservador ha pretendido lanzar un aldabonazo al Gobierno para que rectifique su recetario y aplique el programa electoral. Y ello junto a una llamada pública de atención sobre el desastroso panorama español, con unas instituciones desprestigiadas y poco o nada creíbles, más de seis millones de desempleados, una deuda pública imparable, una Administración mastodóntica para los recursos de que dispone el país, atisbos claros de secesión en Cataluña y una sociedad -especialmente las clases medias y baja- insatisfecha, cabreada y gradualmente empobrecida por una política fiscal de corte casi confiscatorio.

El mensaje aznariano estalla en la línea de flotación del Gobierno, cuya gestión es descalificada sin ambages al apuntar que no se saldrá de la crisis sin un “proyecto político claro”, “objetivos históricos renovados” y una “acción política decidida”, conformándose con la “languidez de la resignación”. La andanada a Rajoy no puede ser más contundente, y en esas apreciaciones seguramente coincide con buena parte de la militancia del PP, que ve en el presidente del Gobierno una actitud timorata, indecisa, conformista, sin liderazgo ni gancho popular. Falta, desde luego -más aún en coyuntura tan adversa como la actual-, una política de comunicación fluida y diáfana y una presencia pública de Rajoy más destacada y explicativa, que sintonice con la ciudadanía para que ésta visualice mejor su desempeño.

AZNAR, AUSENTE EN LAS REUNIONES

Aznar dio a entender que estas y otras consideraciones las había abordado con Rajoy en el único contacto -no explicitó si fue personal o telefónico- mantenido entre ambos desde que el segundo accedió a la Presidencia del Gobierno, lo que dice mucho sobre la frialdad de las relaciones entre ambos. Visto lo visto, parece claro que Rajoy escuchó a su interlocutor pero poco más. Ahí sigue, a su ritmo, con sus silencios y su peculiar manera de gobernar a la hora de dar respuesta a los problemas de España: obsesionado con no defraudar los mandatos europeos ante la crisis, sobre todo los de la señora Merkel -de ahí ese “no cambiaré mi política” con que respondió a su antecesor-, pero sin ejercer la mayoría absoluta con la determinación que reclaman las circunstancias de la política interior. Seguramente Aznar acierta en su diagnóstico a la hora de hablar de la gravedad de la crisis institucional, política, económica y social de España y de la aparente debilidad o incapacidad de Rajoy para reaccionar ante algunas propuestas comunitarias en materia de austeridad, así como para abordar, con la ley en la mano, el problema catalán, antes de que se agrave más aún y su desbordamiento acabe por romper la convivencia. Pero inevitablemente cabe preguntarse: ¿por qué no denuncia Aznar estas cosas ante los órganos internos de su partido?, ¿por qué, siendo presidente de honor, no acude a ninguna reunión de los órganos dirigentes del PP desde hace dos años?, ¿qué pretende al gestionar su intervención en un programa de televisión en horario de máxima audiencia? Probablemente haya que volver al principio para responder a estos interrogantes. Aznar es caprichoso, altanero, y prefiere colocarse por encima del bien y del mal, a modo de salvador de la patria; de ahí su mensaje urbi et orbe, pensando, seguramente con acierto, que buena parte de su partido comulga con su diagnóstico y con las soluciones que propugna. Pero, a menos que ocurra una catástrofe, no tiene ninguna posibilidad de desplazar a Rajoy de la presidencia del PP. Ni siquiera está en condiciones de alentar la convocatoria de un congreso extraordinario para forzar su salida o, cuando menos, obligarle a cambiar de política. A la hora de la verdad, Aznar está solo; en todo caso, le acompaña ese verso suelto de Esperanza Aguirre. Ningún otro peso pesado, ningún dirigente regional le seguiría en un intento por apartar a Rajoy. Por eso han sido tan templadas, tan medidas, las respuestas de los dirigentes del PP y por el propio presidente popular ante sus declaraciones.

NADIE CREE EN SU REGRESO

Además, nadie cree en el regreso del expresidente, aunque queda claro que no quiere perder protagonismo en el PP y en la política española, menos aún en momentos delicados, y que utiliza la Fundación FAES para sus propósitos. Pero poco más. Aunque hable de asumir “mi responsabilidad”, prefiere el mundo de los negocios y las influencias internacionales, donde le va de maravilla. Esta misma semana ha fichado por el mayor despacho de abogados del mundo, DLA Piper, el mismo al que pagó 1,6 millones de euros de dinero público para difundir su imagen en EE.UU. y lograr la medalla de oro del Congreso, como asesor para Latinoamérica. El mismo Aznar, en sendos almuerzos con destacados empresarios españoles y mexicanos, celebrados en Madrid durante la segunda semana de mayo, ya dijo a sus interlocutores que “estoy muy bien donde estoy”. Si en verdad así fuera, ¿existe alguna otra razón que le mueva a ganar protagonismo? La rumorología madrileña apunta que sí, y que lo seguirá haciendo durante el verano, donde acudirá a unos cuantos actos públicos. Mañana mismo va a presentar en el Congreso las biografías de los destacados políticos conservadores Cánovas del Castillo, Silvela y Maura, editadas por FAES, y tiene previstas sendas conferencias y la clausura del campus universitario de dicha fundación, donde coincidirá con Rajoy. Pero volviendo a la razón de su última presencia televisiva, las malas lenguas apuntan que también guarda relación con la trama Gürtel, el caso Bárcenas, Caja Madrid e incluso el futuro político de su esposa, Ana Botella, hoy alcaldesa de Madrid.

No le gusta a Aznar cómo ha gestionado su partido los casos de corrupción que le afectan en la medida en que se produjeron durante su mandato al frente del Gobierno y del PP. Cree que no ha habido contundencia en la defensa que merece -ese “que cada palo aguante su vela” de la señora De Cospedal le sentó a cuerno quemado- porque a su juicio se han publicado muchas mentiras o medias verdades y contradicciones sobre financiaciones, sobresueldos, contrataciones, regalos y toda la parafernalia propia de estos asuntos delictivos, incluidas querellas y demandas judiciales para dar y tomar. Aznar se quiere ir de rositas, pero le va a resultar imposible, aunque su responsabilidad en los escándalos sea limitada. Pero eso le duele, como le duele la posibilidad de que su mujer pueda no ser candidata a la alcaldía madrileña, dados los escándalos y procesamientos que se han producido durante su actual mandato. Con este panorama ha reaparecido Aznar. En estado puro. El Aznar de las dos caras. El que llevó a España al euro. Que gobernó con los nacionalistas en una legislatura memorable en lo económico y más que digna en regeneración democrática. Que logró un entendimiento diáfano y positivo con las comunidades autónomas, incluida Canarias. Y que dejó el terrorismo de ETA en estado de coma. Pero también el Aznar arrogante de la mayoría absoluta, el que ahora se desmarca de su propio hijo político y heredero. El Aznar desleal, dolido, de los sentimientos encontrados. El de la foto de la Azores y la guerra de Irak. El que gestionó fatal la crisis del 11-M y abrió El Escorial para casar a su hija en una boda de escándalo, por cierto con Berlusconi -el “procesado” como lo llamó durante su durísimo ataque televisivo al Grupo Prisa- como testigo.