X
NOMBRE Y APELLIDO >

Alfredo Landa – Por Luis Ortega

   

Dotado de excepcionales registros para la comedia y el drama en todos sus modos y territorios, pasó del tópico y del astracán a ser el actor por excelencia de la industria nacional, el nombre obligado de las producciones más ambiciosas, el rostro y la voz del tipo común, capaz del exceso, la cobardía y la ternura, el sujeto corriente que se agigantaba ante las candilejas y las cámaras, el profesional que dejó un recuerdo imborrable en un complejo e incierto oficio, de sensibilidades y afectos mutables. Pamplonica e hijo de Guardia Civil pasó su infancia entre Arive, Figueres y San Sebastián, donde cursó derecho y se inscribió en el TEU. Viajó a Madrid con una carta de recomendación y siete mil pesetas y, entre 1958 y 1968, trabajó como protagonista y actor de reparto en el teatro en obras de Arniches, Unamuno, Jardiel Poncela, Mihura, Ruiz Iriarte, Alonso Millán y Antonio Gala. José María Forqué con Atraco a las tres (1962) le abrió las puertas del cine y, desde entonces, participó en la friolera de ciento veinte películas, con una etapa llamada el landismo, cuando encarnó al español carpetovetónico, pequeño, picajoso, entrañable, reprimido y, ya en pleno reconocimiento de sus cualidades, con los directores de referencia: Bardem, Berlanga, Borau, Mario Camus, Martín Patino, Antonio Mercero, Garci, José Luis Cuerda y Gutiérrez Aragón, entre otros. También intervino en series televisivas de éxito y, en 2007, de modo sorprendente, anunció su retirada; alegó cansancio pero padecía la enfermedad que le causó la muerte. Galardonado en Cannes en la categoría de interpretación masculina (ex aequo con Francisco Rabal) por Los santos inocentes (1984), obtuvo el Goya en 1987 por La marrana y en 1992 por El bosque animado, y el honorífico por toda su carrera en 2007; fue premiado también por la Unión de Actores, Círculo de Escritores Cinematográficos, TP de Oro y ACE de Nueva York; en 2008, la Comunidad Foral de Navarra le entregó el Príncipe de Viana, su más alta distinción cultural. Alfredo Landa Areta (1933-2013) encarnó con naturalidad y eficacia los cariotipos de la posguerra -pobres de espíritu, pícaros en pos de la supervivencia- y del franquismo -fanfarrones, machistas y fachas- cuando este se volvió algo permisivo. Ya en la democracia, dio vida a singulares personajes creados por nuestros mejores novelistas -Delibes, Sampedro- y contribuyó, ese es su otro mérito, a popularizar las obras cimeras de una literatura sin mordaza.