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después del paréntesis > Domingo-Luis Hernández

Barcelona – Por Domingo-Luis Hernández

   

Al día siguiente de la derrota, el presidente dio a la prensa una excusa lamentable y paradójica: que los árbitros se habían equivocado y mucho en contra del Barcelona a lo largo de la competición. Lo cual (repito) es lamentable y paradójico y sórdido, porque (que sepamos) el Barcelona no fue eliminado por causa de los árbitros en los encuentros previos a las Semifinales de la Champions. Sí perdió (contundentemente), por 7 a 0, contra el Bayern y, cual hemos apreciado, ni en Munich ni en la Capital Condal el colegiado dejó mucho que decir.

¿Qué ocurre? Ocurre que hay equipos (como el Barcelona) que no practican el deporte que practican sino que son otra cosa, “más que un club”, etcétera, etcétera. Y eso confunde las velas del altar, hace que su vida en este mundo no solo sea más compleja de lo debido sino que será muy difícil que los clubes del mundo, que sí son clubes deportivos (el City, el Arsenal, el Bayern, el Borussia Dortmund, el Ayax, el Inter, el Milan, la Roma, incluso el Madrid) lo compartan.

En esa (¿absurda?) tesitura el Barcelona se ha merecido el destino: ganar, porque su único cometido en este mundo es demostrar que son grandes, los más grandes. Y cuando fallan…, porque lo que practica el Barcelona (quiéranlo o no) es un deporte y en el deporte algunas veces se falla (como el Madrid, que perdió inopinada y estúpidamente con el Dortmund por 4 a 1), que esto es deporte, ya digo, como nos han enseñado los profesionales de la NBA: los grandes son grandes porque demuestran serlo, y los que no llegan a tal punto… hasta cuando puedan. Eso es deporte, lo otro es una ridícula y asombrosa banalidad.

Lo dijo el señor Guardiola el año pasado en un banco frente a la prensa cuando lo inevitable era inevitable: han ocurrido muchas cosas respecto de los árbitros que ahora no iba a comentar. Mal perdedor, se dijo, y no es todo. Lo que alumbra el recorrido es un equipo, el Real Madrid, que le sacó unos cuantos puntos de diferencia y se hizo con la liga ganándole a todos los mejores equipos de España, sin excepción, incluido el Barcelona. Luego…

¿Mal perder? No solo, insisto. El Barcelona anda enredado en un enredo categórico además de funesto. Es la punta del iceberg (porque tiene imagen en toda España y en el mundo) del fundamentalismo catalanista. Y los fundamentalismos hacen que las relaciones de los hombres sean exclusivas y excluyentes. Por eso, en vez de jugar al fútbol en una cancha, se aprestan a difundir lo que solo en la índole política (si viene al caso) tendría sentido: la independencia de los Países Catalanes. Es decir, el Barcelona tiene un enemigo: el Barcelona. Por eso se fija exclusivamente en el Madrid (el Atlético es poco, el Deportivo nada, el Español es catalán pero no como ellos…) No es un equipo de fútbol (y se equivocan, lo es). El centro, la entraña del poder, lo que los catalanes quisieran para sí, porque abominan de su posición periférica (que no la creen productiva, como fue en otro tiempo, y como ocurre en EE.UU. o Latinoamérica, pongo por caso) es el problema. Por eso el presidente en cuestión, el descentrado señor Rosell, ha dicho que (aunque los catalanes consigan la independencia) seguirán jugando la Liga Española. Claro, tienen un enemigo, un solo enemigo: el Madrid.

De ahí la alegría por el 4 a 3 de unos y la pena por el 7 a 0 propio, cosa lícita, si se interpreta como ha de interpretarse y no al revés.

Patético.