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El campo y el sentido común – Por Wladimiro Rodríguez Brito

   

Estamos en tiempos de reflexión, de menos palabras y más hechos. El lenguaje está muy devaluado y en este plano los agricultores y el mundo rural están cansados de eslóganes y palabras vacías. Por ello, en los tiempos que nos toca vivir, producir alimentos y mantener el mundo rural significa un giro de muchos grados en lo que hemos venido haciendo en los últimos años.

Desgraciadamente comienza a ser frecuente la palabra hambre, problemas sociales en el mundo urbano y rural, tierras sin surcos y población sin alimentos; por ello recuperar el mundo rural significa un giro de muchos grados y en consecuencia enviar al vertedero sacos de teoría parida en los despachos, bien sean locales o bien vengan de Madrid o Bruselas. Ahora nos toca contar con las demandas locales, con el saber del mundo rural en una palabra; contar con un mundo que no ha tenido voz en los últimos años, el que en nombre de la modernidad y de la globalización se ha marginado, y que ahora estamos en la obligación de recuperar como un asunto de presente y futuro.

Estos surcos nacen de varias quejas de agricultores que en estos días han sido denunciados por nuestras autoridades por construir un aljibe, levantar una pared, aplanar y preparar una parcela (una sorriba), levantar una valla para proteger los cultivos de los conejos o simplemente desbrozar una parcela en la que había plantas de nuestra flora que habían crecido en la época de abandono del campo en los últimos años. Es más les aparecen multas que hablan de miles de euros y de amenazas que creíamos desterradas de nuestra tierra.

Pero es más: oímos hablar de banco de alimentos junto a tierras que en Tenerife llamamos balutas, tierras que pueden producir alimentos o bien campos cubiertos de malezas, que han crecido sobre tierras de pan sembradas hasta ayer, y ahora crean inseguridad para los vecinos con los peligros de incendios en el largo verano canario (no olvidemos que más del 80% de los últimos incendios en Tenerife, La Gomera o La Palma han nacido y han crecido en tierras balutas y no en el centro de nuestros montes). Por ello, querido lector, nuestros campesinos no sólo tienen que enfrentarse a las sequías, a las plagas que en muchos casos se han importado sin control en nuestros puertos, sino también a unas leyes hechas alejadas de la problemática de nuestro mundo rural (a pesar de la ley de medidas urgentes que ha amortiguado alguno de esos problemas), y lo que creemos que es peor, la inestabilidad social y ambiental que genera el abandono del campo.

Valga como referencia que solo las importaciones de leche, carne, papas y vinos, por situar alguna de las partidas que podemos producir en estas Islas, pudieran significar más de 40.000 hectáreas cultivadas, es decir, doblaríamos la actual superficie de cultivos en las Islas y generaríamos más de 30.000 nuevos puestos de trabajo, con lo que esto significa en estabilidad social y demográfica en numerosas zonas rurales y una menor inestabilidad en las zonas urbanas de Canarias, unido a ello una población mejor alimentada, menos inestabilidad social y lo que es más importante, una menor dependencia del exterior y lo que diría Confucio: “No regales el pescado, enséñalo a pescar”. Con toda seguridad esto nos ofrece alternativas reales para el futuro de nuestro pueblo, alternativas de las que queremos oír hablar a los gestores públicos de esta tierra, para crear unas Islas más sostenibles tanto en lo social como en lo ambiental. Y es más: esto es posible sin grandes inversiones, siendo la inversión más importante la reincorporación de nuestra población a un modelo en el que la agricultura y la vida en el mundo rural dejen de estar en la marginación que se encuentra en este momento y donde queda de manifiesto que el principal capital para estos cambios esta en nuestro sistema educativo y formativo como pueblo. Las nuevas leyes se alejan del sentido común que siempre ha prevalecido en el campo isleño.

Wladimiro Rodríguez Brito es DOCTOR EN GEOGRAFÍA