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Corrupción – Por Francisco Pomares

   

Con la clarividencia y el desapego aparente que caracterizaba más sus declaraciones que su literatura, Saramago cuadró poco antes de morir el círculo del desencanto al asegurar que “la corrupción no le interesa a nadie”. Es curioso que fuera este Nobel amigo de Lanzarote el que se descolgara con una sentencia que nos ofrece la radiografía del alma política de las Españas, Lanzarote incluida.

La corrupción es un asunto de jueces y juzgados, de tribunales y oficios leguleyos. Quizá arruine alguna carrera, incluso hasta alguna dinastía, pero si algo demuestran los años de democracia es que nunca ha influido demasiado en las elecciones.

Ni en las elecciones políticas ni en las elecciones de nuestra vida: nos hemos acostumbrado al rostro amable de la corruptela, y vivimos tolerando todos los días las que circulan en nuestro entorno: pequeñas trampas a Hacienda, la recomendación para que la profesora amiga apruebe a un hijo, la invitación a un concierto municipal de nuestro colega concejal, la receta del médico de siempre para pagar medicina privada como medicina pública, la gestión ante el amigo alcalde para colocar a la sobrina…

Nos hemos adaptado a los pequeños mangoneos que engrasan silenciosamente nuestras vidas, y al final pasamos de lado sobre los privilegios de oro macizo de nuestros próceres, sobre la golfería instalada en todas las decisiones, sobre la sangría cotidiana de lo público, porque no hay entre lo pequeño y lo grande ninguna otra diferencia que la del tamaño.

¿Qué pasará con lo de Bárcenas? ¿Y con lo de Urdangarin? Dependerá de los jueces, que en este país son capaces de meter en la cárcel a una mujer que roba pañales y de absolver a un presidente de comunidad autónoma que acumula regalos de las empresas a las que contrata. Pero hagan lo que hagan los jueces, la cosa es que a mucha gente le cae bien Bárcenas, porque parece que los tiene bien puestos, y si les cae mal Urdangarin no es por ser (presuntamente) un golfo, sino porque no se conformó con la sopa boba garantizada y quiso consomé de tortuga servido en baldes de oro.

Pero a la mayoría de la gente le resbala bastante todo esto de la corrupción. Unos días de excitación y rasgamiento público de vestiduras, unos cuantos Sálvame de Luxe, y a engañar a Hacienda de nuevo. En este país tenemos muy poca vergüenza. Y así nos va.