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En el mismo mar – Por Rafael Zurita Molina

   

Llegado hoy al número 109 de lo escrito bajo este rótulo, Puerto y puerta, antes de escoger el mar, entre otros tantos temas que tratar ahora, me propuse repasar los artículos precedentes en prevención de no volver a caer en posibles reiteraciones. Aunque, bien mirado, tampoco hay que darle demasiada importancia por aquello de los bis, que, como se sabe, se usa para pedir la repetición de un esplendente número musical; pero también la aguda ocurrencia de recabarlo “hasta que se aprenda”. Y no es el caso; sin preverlo, se amplían y diversifican las versiones.

Dice la copla: “A la mar fui por naranjas, / cosa que la mar no tiene. / Metí la mano en el agua: / la esperanza me mantiene”. La hizo suya nuestro excelso poeta por excelencia, Pedro García Cabrera. En el prólogo de su libro A la mar fui por naranjas-Antología poética, de 1979, escribe Domingo Pérez Minik que “la escuchaba el poeta, sin saber muy bien lo que quería decir, pero bien dispuesto desde aquel momento de meter la mano en el agua, hasta encontrar algún día una naranja verde o madura que calmara su sed”.

Y dice más: “Esta copla invitaba al poeta a ir al mar… a entrar en él, a ser su amigo o su enemigo… Para verificar esta irrealidad de una naranja en el mar, se ha de meter la mano en el agua… Tiene una significación muy amplia en la pequeña historia de las islas, cargada de una vida de recelo y osadía”. Pero también, “sobre las olas, y como fruto de un extraño árbol marino con flores de azahar saladas, una naranja pudiera aparecer”. La esperanza le mantiene.

En este paisaje, en la utópica dimensión regional, “una fraternidad insular que de verdad existe, pero en los corazones limpios de todas las islas, de las que se congregaron para crear los cabildos, de las que saben ser cordiales y actuar sin acechanzas, torcidas propagandas ni lujos de influencia”. La esperanza me mantiene.

Sin embargo, nuestro poeta, nacido en La Gomera, en su poema a Santa Cruz de Tenerife, afirma en unos de sus versos: “Ciudad de pájaro en vuelo, / domingo de la mirada, / arrodíllese mi voz / y cúmplete en mis palabras: / algún día tus mercados / tendrán de la mar naranjas”.

Como diría el recordado Alfonso García-Ramos, si la “mano negra lo permite”. ¿Existió de verdad en el pasado?, ¿sigue existiendo hoy en día?, ¿no será la coartada exculpadora de tanto error propio? Puede que haya de lo uno y de lo otro…