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Lo estamos permitiendo – Cristina García Maffiotte

   

En algún momento empezamos a permitirlo. Sin darnos cuenta. Cediendo milímetro a milímetro. Unas veces confiando en que otros sabían lo que hacían, otras porque nos explicaron y nos creímos que no había más remedio y unas cuantas, y esas son las que más rabia dan, porque no dimos importancia a esas pequeñas rendiciones. Y ahora nos damos cuenta de que, si sumamos todas y cada una de esas batallas que no libramos, hemos perdido la guerra sin luchar. Una guerra llena de frentes contra la injusticia.

¿Y qué es lo que permitimos? Pues les dejamos utilizar la crisis como comodín, excusa y justificación. Carta blanca para hacer lo que quisieran en su nombre. Y nos explicaron desde telediarios y boletines de radio que las cosas había que hacerlas así y nos conformamos a pesar de que atentaran contra la lógica más elemental y nuestro sentido más primario de lo que está bien o mal. Perdimos capacidad de decisión, soberanía y derechos que se conquistaron con sudor y a los que hemos dicho adiós sin pestañear. Y lo peor es que lo hemos perdido en vano. Hemos perdido todos para que unos pocos no pierdan e incluso ganen. Y todo ello, en nombre de un falso bien común.

Así, permitimos que se inyectaran miles de millones a la banca sin pedir nada a cambio. Les dejamos el dinero y a cambio, los mismos gestores inútiles que las llevaron al borde del caos se embolsaron con nuestro dinero sus indemnizaciones millonarias, enjuagaron sus pérdidas, despidieron a su personal y sanearon sus cuentas. Y por supuesto, y para evitar que la situación se les volviera a ir de las manos, como queriendo demostrar que aprendieron de sus errores, han perseguido como a criminales a todo aquel que les debiera una cuota de su hipoteca y a sus avalistas. La misma gente que durante años depositó en ellos su dinero y su confianza, cumpliendo mes a mes con sus obligaciones. Gente que, al primer revés, comprobó cómo se tiraron sobre su yugular y se quedaron con sus pisos pero no con sus deudas, que deben seguir pagando.

Y luego vemos cómo ofertan esos inmuebles en el mercado, ofreciendo solo hipotecas si se compran pisos de su listado, actuando y comportándose como la haría la mafia. Usureros que se quedan con el piso que tú debes seguir pagando, lo vuelven a vender, ahora con mayores intereses, y todavía te explican que la dación en pago podría hacer tambalear el sistema.

Pero les hemos dejado hacerlo. Se lo estamos dejando hacer a la misma gente que, sin mostrar ningún escrúpulo, colocó un producto venenoso a sus clientes. Con alevosía. Sabiendo que se estaban quedando con sus ahorros con engaños y mentiras. Ves el perfil de los estafados y te das cuenta de que ellos sabían perfectamente que estaban engañando y por eso se cebaron en los más débiles. Y una vez más, los dejamos hacer.

Y ahora nos echamos las manos a la cabeza. Cuando ya tenemos un largo listado de vidas arruinadas; proyectos vitales truncados, ilusiones perdidas y sueños rotos. Ahora nos concienciamos, cuando hay cientos de miles de personas que han perdido o están a punto de perder sus casas, y nos damos cuenta de que no debimos haber permitido la primera.

Y, pese a todo, lo seguimos permitiendo. Y eso, en realidad, es lo que más rabia da. Que sigue ocurriendo. Día a día. Delante de nuestras narices. Una injusticia tras otra. Y no hacemos nada. Absolutamente nada.