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Rufianes y alimañas – Por Leopoldo Fernández

   

Los tiempos vienen colmados de abusos. No me refiero a los procedentes de la política ni a los políticos que se extralimitan y caen en la arbitrariedad, sino a los abusos sexuales con menores, que estos días abren periódicos, revistas e informativos de radio y televisión. Es el caso de esos dos padres andaluces que, según la Fiscalía de Sevilla, decidieron intercambiar a sus hijas, cuando estas tenían 6 y 8 años, para violarlas como si tal cosa. Estos asuntos tan sórdidos no digo, Dios me libre, que sean el pan nuestro de cada día, pero la realidad es que las denuncias y las condenas se suceden y la sociedad parece insensible ante tanta perversión, tanta pedofilia, tanta prostitución, tanta pornografía de menores y tanto signo de depravación y decadencia humana. Tales excesos, muchos de ellos incestuosos, influyen en el desarrollo psicológico del niño e incluso condicionan su vida adulta, por las cicatrices emocionales que dejan, según se ha constatado científicamente. ¿Qué decir de esas tres muchachas norteamericanas halladas con vida una década después de su desaparición y que durante su cautiverio han sido violadas y sufrido abortos forzados? ¿Y de la austríaca Natascha Kampusch, secuestrada cuando tenía 10 años y que durante 8 vivió en un zulo donde sufrió crueldades sexuales? ¿Y del pederasta belga Marc Dutroux, que secuestró y violó a 6 niñas y después mató a 4 de ellas? Son incontables los ejemplos de miles y miles de niños desaparecidos por razones sexuales o que, en el mejor de los supuestos, cargaron su vida con las burradas de depredadores sexuales sin escrúpulos. Canarias tampoco se ha visto libre de estos indeseables que se merecen la cárcel y la castración química, cuando menos. Ahí han quedado, para recuerdo bochornoso, los ejemplos de la comuna de Otto Muehl en El Cabrito gomero y las sectas de Los Niños de Dios del Puerto de la Cruz y de Fittkau Garthe en Santa Cruz, donde los abusos sexuales a menores eran práctica común que acabó por llevar a la cárcel a algunos de los protagonistas de tanto envilecimiento. Las estadísticas sobre estos asuntos son espeluznantes: un 23% de las mujeres y un 15% de los hombres son víctimas de abusos antes de cumplir los 17 años. El 43% los cometen agresores extraños, el 33% conocidos de la familia pero sin relación especial con ella, el 8% amigos de la familia, el 11% familiares y el 5%, profesores. Fallan la educación y las leyes, sobran complicidades y vergüenzas y pagan siempre los inocentes. El panorama, preocupante y estremecedor, se complica porque la prevención apenas existe y la sociedad necesita hacer feliz a su infancia y defenderla de rufianes y alimañas.