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No sabemos nada – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Al parecer, se ha abierto definitivamente la puerta a la clonación de seres humanos. Es decir: sabemos ya cómo hacerlo, o al menos no desconocemos los rudimentos teóricos de la técnica que nos permitiría arrancarle a la materia hombres enteros o algunas de sus partes.

No me embarcaré ahora en el repugnante debate de si es lícito fabricar hombres en serie en lugar de dejarles nacer en serio. La sola posibilidad es tan repulsiva que merece la pena esperar a que se concrete el ambiguo anuncio o se diluya la expectativa.

Solo diré, al margen de este preámbulo sobre casquería, que es emocionante comprobar que cada vez que damos un paso en una cuestión científica se abren mil puertas que nos recuerdan lo mucho que desconocemos.

Apenas sabemos nada, por ejemplo, del infinitesimal mundo microscópico que nos habita, de los procesos moleculares por los que somos lo que somos. Aquí, cada arañazo a nuestra ignorancia es un brindis a la belleza invisible que nos sustenta. Así lo veo yo.

Y lo mismo nos sucede justo enfrente: en el macroescenario de las galaxias y del imperturbable y voraz equilibrio del cosmos. Siempre he pensado que ser astrónomo es una de las mejores profesiones, pues su objeto es vivir para el asombro, para el sobrecogimiento.

Con cada descubrimiento imagino yo un estremecimiento ante la grandeza de lo grande, lo que está ahí fuera; y ante el contraste con la radical originalidad de lo sumamente pequeño, nosotros. Por eso respeto a los científicos que reconocen ser peregrinos. Peregrinos, sí. Y no sabios, pues no les asusta que cada “sí” sea el prólogo a millones de “quizás”.

Me pasa lo mismo con respecto a la fe. Con más intensidad si cabe. ¿Qué sabemos de Dios?, ¿qué conocemos de nuestras verdades más íntimas al colocarnos frente a él? ¿Qué diremos de la vida que nos ha tocado vivir como creyentes? ¿Hacia dónde miraremos para ser fieles, justos, verdaderos?

No sabemos nada. Esa es la verdad más intensa de nuestra vida como creyentes. Nos movemos entre cuatro verdades que nos han sido reveladas por Dios mismo hecho carne: tan importantes como necesitadas de la experiencia para que sean humanamente consistentes. Creer es vivir, no solo conocer.

Y para vivir no basta con el abrigo que esas cuatro verdades nos aportan. Para vivir como cristianos necesitamos un compañero de viaje. Y hoy es el día. Hoy celebramos la fiesta del Espíritu de Dios, una provocación para embarcarnos en la aventura de dejarnos habitar por Dios. Porque eso es vivir.

Para dirigir nuestros pasos, para quitar el velo que nos impide mirar cara a cara al misterio, para susurrarnos verdades que ya nunca se olvidan, para mover nuestros sentimientos y hacernos desear lo inimaginable. Para eso y mucho más necesitamos el Espíritu de Dios.

Para no convertirnos en unos teóricos de la experiencia cristiana, sino en unos peregrinos de la fe. Ven, Espíritu. Acaba con nuestra tentación de sentarnos a esperar que todo ocurra al calor de las cuatro certezas que nos inervan. Cuatro verdades son pocas cuando la Verdad quiere hacer su casa en nosotros.

@karmelojph