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El trato – Irma Cervino

   

Úrsula y Brígida secuestraron a la abuela de los Padilla la tarde del jueves. Lo hicieron cuando ésta subía a tender las sábanas a la azotea. La esperaron en el rellano y allí consumaron el delito. Carmela, que limpia la escalera, fue la que descubrió todo cuando encontró tirado en el suelo el cubo con la ropa. Todo ocurrió porque las hermanísimas no pudieron soportar que la señora se hubiera liado con su hermano Terencio, reciente propietario del edificio. Temían que, en un ataque de locura, el hombre dejara la presidencia de la comunidad a su nueva amante, así que decidieron tomarse la justicia por su mano. Obviamente, el revuelo no se hizo esperar. Terencio que se enteró de que sus propias hermanas eran las secuestradoras llamó a Bernardo, el taxista, para que le ayudara a rescatar a su novia.

La policía llegó a los 20 minutos de la llamada desesperada del hijo de la secuestrada y Carmela, que bajó a recibir al comisario Padrón al portal, insistió en que lo primero que tenían que hacer era recoger pruebas del delito. Los agentes no sabían si reírse o detenerla cuando, al llegar a la azotea, la mujer les señaló a las sábanas que se habían quedado tiradas debajo del cubo. “Ahí están. Nadie las ha tocado”, les aseguró.

De los nervios, a Terencio le entró un ataque de risa y no podía parar. Bernardo empezó a temer por su integridad sobre todo cuando Carmela le contó que a un vecino suyo de Las Moraditas le pasó eso y se quedó en el sitio con la boca abierta. La escena en el edificio era dantesca. Por un lado, Terencio parecía que estaba escuchando a Manolo Vieira y, por otro, el hijo Padilla, llorando a moco tendido.  

El comisario Padrón se acercó a la puerta de las hermanísimas y les gritó que o abrían la puerta y soltaban a la señora o tendrían que tomar medidas más contundentes. “Por las buenas será mejor, señoras”, insistió el policía, haciendo un altavoz ahuecando sus manos. Al parecer, con la crisis, les han recortado el material antisecuestro.

En el interior del piso, Brígida mantenía amordazada a la Padilla con una camiseta vieja de Barcelona 92 y Úrsula pegada a la puerta gritaba: “Solo soltaremos a la vieja si me aseguran que impedirán que vuelva con mi hermano. Ella quiere aprovecharse de su fortuna y ser la presidenta”. Padrón que no sabía de que iba la historia se comprometió a acceder al chantaje pensando que era una tontería, sin calcular lo que iba a suponerle aceptar el trato.

En cuestión de minutos, la puerta se abrió y Brígida empujó a la abuela Padilla que corrió a los brazos de Terencio. Al ver la escena, Úrsula gritó: “Comisario ¿qué le dije?” y el hombre, cogiendo a dos de sus agentes, separó a la pareja. “Lo siento, un trato es un trato”, se lamentó él. Así que desde el jueves, dos policías custodian el edificio, impidiendo a Terencio y la Padilla que vuelvan a estar juntos.
 
@IrmaCervino