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Vuelta de tuerca – Por Jorge Bethencourt

   

La sentencia del Tribunal Constitucional sobre la declaración de Cataluña no ofrece ninguna sorpresa. Incluso para quienes se hacen los sorprendidos. No se podía esperar que el tribunal encargado de velar por la integridad del texto constituyente permitiera un pronunciamiento que subvierte la raíz de los títulos que afectan a la unidad nacional y al modelo de Estado. Pero en Cataluña todo es combustible para la hoguera y el pronunciamiento del Constitucional es otro hito con el que jalonar la heroica transición hacia la independencia y la separación de España. Porque el hecho, que tercamente nos seguimos negando a entender, es que resulta del todo imposible, salvo por el uso de la fuerza, sofocar el deseo mayoritario de un pueblo que ansía convertirse en estado soberano. El asunto de Cataluña se ha conllevado con diversa suerte a lo largo de sus recurrentes intentos de segregación. Las relaciones entre los catalanes y el resto de España son complejas y la propia sociedad está dividida cuando se debate entre la unidad del Estado y la ambición de independencia. Siendo que los nacionalismos son un fenómeno del romanticismo, lo que ambiciona Cataluña está más relacionado con los sentimientos que con la práctica: el grado de soberanía que posee el país dentro del Estado de las Autonomías es apreciable. La solución estaba en Europa. Pero el proyecto de la Unión Europea (que disolvería los Estados tradicionales en un gobierno común y pondría en valor la Europa de las regiones y los pueblos) está en quiebra. Y lo que no sube, tiende a bajar. El paneuropeísmo pasa por sus horas más bajas y reverdecen los discursos que pretenden diluir a los Estados desde dentro. Pero hay que desconocer la historia -en extremo- para pensar que las naciones se disgregan sin traumas. Los nacionalistas catalanes saben, o deben saber, que España no va a permitir que se produzcan procesos de independencia que alteren la configuración del Estado y la unidad nacional. O lo que es lo mismo, asumen que el mecanismo que han puesto en marcha se dirige hacia una confrontación de imprevisibles consecuencias. Ese es el final del camino. Cada paso que se da en la radicalización de las posturas, de constitucionalistas e independentistas, nos acerca a escenarios de ruptura. A nadie se le oculta que algo pasará cuando Cataluña se niegue a ejecutar las leyes de régimen común, cuando pretenda establecer una Hacienda propia o cuando el desafío a la razón de Estado les lleve a desobedecer las instrucciones de la administración central. Y lo que pasará en cualquiera de estos supuestos puede ser cualquier cosa, pero nada bueno. Esa será la herencia de esta generación de ególatras, de un lado y del otro, que quieren hacer sus estatuas haciendo historia aunque sea cabalgando la historia sobre la histeria.

@JLBethencourt" target="_blank">@JLBethencourt