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Barcos en la Casa de los Capitanes – Por Juan Manuel Bethencourt

   

No podía imaginar yo que Rigoberto González, exprofesor y exalcalde de Güímar, atesoraba además la condición de reputado modelista naval. Como aficionado a la historia de la navegación que encontró en el maquetismo su afición adolescente, a la par que hijo de marino, se queda uno simplemente boquiabierto ante la contemplación de la muestra que se exhibe estos días, y hasta el 14 de julio, en la lagunera Casa de los Capitanes. Les recomiendo que se pasen por allí, que no será tiempo perdido y menos ahora que las calles de Aguere prometen redoblar su ya bulliciosa animación con la llegada del verano. Esta práctica atesora cualidades que definen a sus hacedores, empezando por la paciencia y terminando en la minuciosidad, ese espíritu artesano que nos transmite la vocación por el trabajo no bien, sino impecablemente hecho. En este caso, Rigoberto González tuvo hace cuatro décadas el buen gusto de centrar su tarea en la reproducción de los barcos más hermosos que hayan sido construidos jamás. El navío de línea es el ingenio naval a vela por excelencia, un milagro de la técnica que apareció en el siglo XVII -su precedente, el galeón, compite con él en belleza, pero no en eficiencia-, alcanzó su momento dorado en el XVIII y sobrevivió holgadamente en el XIX, hasta que la Revolución Industrial trajo de su mano los nuevos artefactos de metal y motor de carbón. España tiene un bello capítulo que contar en esa gran historia de los mares, y no sólo a través de personajes ilustres, sino también de navíos insignes, uno de los cuales, el bellísimo San Felipe, figura en la relación de barcos incluidos en la exposición del artista güimarero. No se pierdan el lujoso acabado del Superbe, navío francés del último XVIII, un prodigio del diseño que Rigoberto González reproduce con maestría. Ni el Victory, el barco de cien cañones que contempló la muerte de Horatio Nelson durante la batalla de Trafalgar. La galera Argo, que mandó don Juan de Austria como comandante en jefe de la flota aliada en la gesta de Lepanto, el principal hecho de armas que España libró sobre el mar, ocupa un lugar preferente en la muestra, como debe ser. Y es que Tenerife también tiene su espacio en esta legendaria singladura. Lo más hermoso de la ingeniería naval en los últimos seis siglos ha surcado nuestras aguas. Es la mar que nos llama y estimula a creadores como Rigoberto, quien no se conforma y quiere ver sus obras como parte de un futuro museo marino. Loable propósito.

@JMBethencourt