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Bernardo era el Sur – Por Salvador García Llanos

   

Lo mejor de Bernardo Morales era su fino sentido de la ironía. Jugaba con las bromas hasta cansar al destinatario, después de hacerle sonreír o carcajear. Lo decimos por experiencia propia: allá por los ochenta, cuando publicamos un obituario de un repartidor portuense del periódico que aún no había fallecido, se pasó repitiendo el titular, mes tras mes, encuentro tras encuentro. Así, durante años: se convirtió en el saludo, en una suerte de consigna que caracterizaba nuestras conversaciones.

Bernardo Morales, con el tiempo, se convirtió en un factótum y hasta en un oráculo del Sur. Acreditado profesional de la banca, fue el impulsor de la delegación sureña de DIARIO DE AVISOS, desde la que elevó el nivel informativo y aumentó la competitividad, en todos los sentidos. Un todoterreno de la información al que la paciencia de su carácter le permitía tomar crónicas telefónicas a mano cuando coincidía con turnos intempestivos en la redacción.

El municipalismo sureño le debe mucho a Bernardo. Cuando los pueblos empezaron a generar información, cuando el turismo preponderó, cuando la agricultura se resistía a fenecer y cuando las demandas ciudadanas se hicieron clamorosas, ahí estuvo el informador puntual y diestro para reflejar lo acontecido y mantener esa franja de la isla en sobresaliente plano de actualidad. El Sur era noticia, se expandía y Bernardo era el Sur, haciendo honor. No le gustaba opinar en las páginas impresas; prefería la información pura y dura. Se le veía en maratonianas sesiones plenarias o en las escenas del suceso. Poco se le escapaba al todoterreno…

Incursionó también el turismo con emprendimiento familiar. En Fitur coincidimos varias veces para contrastar criterios y experiencias. Le obsesionaban los productos de calidad y deploraba cuantas anomalías o vulgaridades terminaban espantando -era el término que empleaba- al turista.

Nos deja Bernardo Morales con la tristeza de una desaparición inesperada. Ya no gozaremos de su sarcasmo. Ya no nos volverá decir “Hola, Esteban”, en memoria de aquel repartidor, o mejor dicho, de aquella necrológica que nunca debió ver la luz. El Sur tinerfeño se queda sin uno de sus guías informativos. Lo lamentaremos todos.