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POR QUÉ NO ME CALLO >

La dieta del diablo – Por Carmelo Rivero

   

La dieta del diablo se ha cargado Europa en cinco años (ahí están Grecia, a la que mata a picotazos la austeridad, Portugal, Chipre, Italia, España, Francia, ¡Alemania!) y lo peor que nos pudiera pasar es que lo peor no haya pasado. Aún cuando el Banco de España acertara y esto ya fuera el epílogo de la recesión, en términos astronómicos, todavía está lejos el afelio de la crisis, que sigue orbitando como un buitre carroñero con su enorme carga alar sobre nuestras cabezas. La melodía ‘R&R’ con que España acude a coro esta semana a la cumbre de la UE es la mejor banda sonora de la política de un país antagónico para plantar cara a Merkel, que en la Europa de los ciegos lleva un parche en el ojo, aunque el bigotito cepillo hitleriano de mal gusto prolifere en el tendal de fotos de la canciller que portan los manifestantes. Rajoy y Rubalcaba (y el Rey, en la sombra, suma una triple R) obran el milagro de este pacto de Estado que es un átomo de fe para ateos de Europa y acaso la semilla de una cohabitación. El abrazo de osos es la buena noticia de la jungla. Con nuestros sueños envolvemos nuestras esperanzas. Y ni el estallido estadístico que afea las previsiones, ni la crisis de la troika por ineptitud nos impedirán rebrotar a poco que fluya el crédito. El que han perdido casi todos: la banca, la política, la Corona… y hasta el juez de Blesa. En la plaza de Taksim, los turcos se alzaron en defensa del procomún contra la tala de los castaños de un parque adyacente, y ese hecho -pensar qué habría dicho de los jóvenes de Estambul y de los indignados de su ‘amado’ Brasil- me trajo recuerdos del Saramago que visité recién llegado a Tías, que al recibir el Nobel habló del abuelo que se despidió de sus árboles con un abrazo antes de morir. Allí (“Lanzarote no es mi tierra, pero es tierra mía”, su cita se lee en el pedestal) han erigido en su memoria un olivo de acero. Con las drupas literarias que parió junto al volcán, el árbol barojiano del escritor de Azinhaga, el olivo de la infancia, se yergue como legado en la que llaman la isla de Saramago.