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Diferencia e indiferencia – Por Claudio Andrada Félix

   

Todos conocemos, hemos vivido o vivimos con la diferencia como eje de nuestras vidas. De hecho, ser diferente se ha convertido en un valor en las sociedades actuales, en donde lo no común adquiere valor frente a lo cotidiano. A nadie se le ocurre cuestionar las excentricidades de un artista o un creador, por más disparatadas que puedan resultar desde el punto de vista de las costumbres y usos sociales. Siempre encontramos una fórmula para aceptar y, de alguna manera, justificar comportamientos que se salen de lo común, argumentando aquello de la tolerancia y la necesidad de convivir con la diferencia. Pero ¿qué sucede cuando esa diferencia -que no rareza, porque no hay nadie raro sino distinto- entra en contacto con nuestra vida o la de nuestros hijos? Me refiero a las personas con algún tipo de discapacidad. ¿Es conveniente que estén escolarizadas al lado de nuestros hijos “normales”? ¿Es posible seguir defendiendo la integración de las personas diferentes a todos los niveles en estos tiempos de escasez de recursos? Es un derecho que sale caro a las arcas públicas. Disponer en las aulas de profesores de apoyo, que nuestras ciudades sean accesibles, que los transportes públicos permitan la movilidad, que la ciencia siga investigando para aminorar las diferencias, que la asistencia social esté atenta, etc. tiene un alto coste. Y, sin duda alguna, el único posible en el terreno de la igualdad y la justicia. Pero en época de crisis, algunas voces asoman con timidez la cabeza sugiriendo o empujando hacia otros vientos menos integradores. Y es a quienes piensan así a los que hay que recordarles que para crecer en tolerancia hay que vivir la diferencia desde pequeños, para saber reconocerla y que no nos parezca insólita o, en el peor de los casos, inmerecida. Todos aprendemos de ella. Por eso, permítanme que me declare partidario de la diferencia, de lo distinto, que abrace las dificultades de la integración y la tolerancia, que aplauda los esfuerzos por los derechos de todos, sin exclusión, y que aborrezca, una vez más, la indiferencia de lo que hoy barato saldría mucho más caro mañana. Es lo que tiene pretender que la crisis no lo inunde todo de desesperanza. Sigamos tirando muros y no permitamos que vuelvan a levantar los que tanto costó derribar.

claudioandrada1959@gmail.com