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MIRADA PROPIA >

El espejo – Por María Vacas Sentís

   

Miles de personas salieron el sábado a la calle en nueve ciudades de España para exigir el cierre de los centros de internamiento de extranjeros (CIE), unos campos de concentración en donde seres humanos, cuyo único delito es no disponer de una tarjeta de residencia, son recluidos y hacinados, maltratados, torturados y vejados en su integridad como personas sin que este hecho ocupe apenas espacio informativo. A los extranjeros en los CIE se les ignora, se les humilla, se les obliga a pasar la vergüenza de orinarse encima, se les desatiende su salud hasta al punto de provocar su muerte. No se les reconoce como sujetos con derechos; tan solo por haber cometido una falta administrativa en su búsqueda de una vida mejor. En estos “establecimientos públicos de carácter no penitenciario, donde se retiene de manera cautelar y preventiva a extranjeros sometidos a expediente de expulsión del territorio nacional”, según su eufemística definición, se mantiene encerrados en condiciones vejatorias durante meses y hasta años a miles de seres humanos. Los extranjeros, especialmente aquellos cuyo tono de piel delata su procedencia -lo cual hace irrelevante coserles una identificación en la ropa-, son criminalizados y reprimidos cada vez que ejercen su derecho a la libertad de movimiento; sobre ellos se practican continuas identificaciones y redadas policiales racistas. Viven en una situación de permanente acoso, sobreviven en una suerte de realidad paralela a la nuestra, solo que mucho más inclemente y atroz. Hay una reflexión omnipresente cuando se habla de los tiempos de Hitler. La gente se pregunta cómo es posible que el pueblo alemán aceptara la persecución, el encierro y el asesinato de judíos, homosexuales, discapacitados, personas de izquierda… ¿Cómo es posible que mediante disposiciones legales, reglamentos y decretos se organizara todo un entramado institucional que validara tal vulneración de derechos humanos de millones de personas? ¿Cómo funcionarios, policías, médicos, ejemplares madres y padres de familia pudieron ser cómplices de esa terrible fiesta de la maldad? ¿Cómo la ciudadanía no desobedeció, ni se levantó para evitar tanta masacre, tanta injusticia, tanta perversión moral? Pues sencillamente mirándonos al espejo, viendo nuestro comportamiento diario, nuestra demencial indiferencia, obtendremos la respuesta.

mvacsen@hotmail.com