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Europa – Por Jaime Rodríguez-Arana

   

La crisis que este tiempo sacude y agita el Viejo Continente no es, desde luego, un fenómeno repentino. Se ha venido mascando desde largas décadas y coincide, de alguna manera, con la victoria de la economía y las finanzas sobre el derecho. La justicia se ha puesto al servicio de la técnica y la equidad al socaire de la racionalidad económica. En efecto, un proyecto cultural, el europeo, que nació para garantizar la libertad y la solidaridad está siendo desnaturalizado a marchas forzadas. Hasta el punto de que muchos millones de ciudadanos europeos, eurobarómetro a eurobarómetro, siguen expresando su profundo descontento con las instituciones y la política comunitaria. Europa, trasunto del primado del humanismo, la razón y la solidaridad, se ha rendido a los encantos del capitalismo salvaje. La macroeconomía y sus principales elementos: el presupuesto, la prima de riesgo, los balance o el déficit son los auténticos dueños de la escena. De los derechos de las personas casi no se habla como no sea para mercadear con ellos y obtener réditos políticos. Se juega con las personas, con su calidad de vida, porque lo importante es sacar pecho con unos buenos resultados económicos que, por cierto, no llegan. La factura de la crisis la pagan los que menos tienen que ver con sus causas. Europa ya no es esa gran civilización que antaño iluminaba los deseos y aspiraciones de libertad y de progreso de tantos pueblos de la tierra. Ahora está rendida ante dogmas económicos y financieros que manejan esos nuevos especialistas de la jerga tecnoestructural que, pase lo que pase, siempre quedan en el vértice y, de paso, ordeñan y exprimen instituciones y corporaciones económicas y financieras en su propio beneficio. El estado de bienestar, nacido y desarrollado en el Viejo Continente, y exportado a tantas naciones del globo, ha quedado preso de la dimensión estática.

En lugar de concebir la ayuda social para la liberación de las energías surgidas de las iniciativas de la sociedad, y para subvenir a quien realmente lo precisa, se convirtió en un fin en sí mismo, en un colosal instrumento de dominación ciudadana, alcanzando alucinantes cotas de clientelismo. La economía, que es un medio para el libre y digno desarrollo de los pueblos y las personas, se convirtió en un fin. En un fin del que no pocos poderes financieros y políticos, hábilmente aliados con los poderes mediáticos, han terminado por orquestar una fenomenal maquinaria de lucro y dominación como pocas veces hemos conocido. Así las cosas, cuando se reclama que Europa recupere su personalidad y deje de ser el entramado de los gobiernos nacionales en que se ha convertido, simplemente se postula que los derechos humanos vuelvan a brillar con luz propia. Que el Estado de derecho, otro gran producto de la cultura europea, vuelva a campear con todas sus consecuencias. No puede ser que los nuevos dogmas de la tecnoestructura dominante de Bruselas condicionen las constituciones nacionales.

Jaime Rodríguez-Arana es CATEDRÁTICO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
jra@udc.es