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Héroes de hoy en día – Por Francisco Pomares

   

Mi hijo de 10 años, barcelonista a fuego, defensa del Esférico Alevín, adora a Messi. No quiere que su madre le corte el flequillo, porque dice que así se le parece más. La cosa es que lleva el pibe unos días mal trincado a cuenta de que al Messi le cogieran los de la Agencia Tributaria. Me costó explicarle qué es exactamente lo que hizo mal Messi, y cómo funcionan (o no funcionan) los impuestos y por qué Messi tiene que pagar por lo que ha ganado y por lo que ha defraudado. Después de alguna conversación de esas en las que los hijos te preguntan cosas a las que no sabes muy bien cómo contestar (los niños tienen una enorme habilidad para hacer revisar todas nuestras certezas con una pregunta inocente), por fin parece que ha aceptado que Messi se portó mal. Y es que con los dineros que no declaró, se podía haber construido un colegio, asfaltado una carretera u operado a unas cuantas docenas de pacientes. Eso lo entiende hasta un niño de 10 años. Pero lo que a mí me preocupa es que lo que a mi hijo de verdad le importa no es que Messi sea o no un golfo apandador, sino que vaya a la cárcel y no pueda jugar más. Le parece bien que le aprieten las tuercas, pero no tanto como para que deje de hacer lo que a él le gusta verle hacer, que es meter goles. Y vete a decirle a un crío de 10 años que los goles de su equipo no son importantes… Mi hijo no es muy distinto de la mayoría: ayer por la mañana escuché en la churrería del mercado una conversación sobre Bárcenas, de nuevo de actualidad porque le han encontrado otros 25 millones de euros del ala en Suiza. Los que hablaban, creo que dos funcionarios a los que conozco de vista, estaban inicialmente poniendo a caldo al extesorero del PP, pero la conversación derivó al poco rato en un reconocimiento encendido de su inteligencia, su capacidad para trincar durante años y escurrir el bulto. Al rato estaban hablando de que seguramente logrará escapar de la acción de la justicia, lo que demostraría -de nuevo- lo listo que es. Al final, había un fondo de complicidad o -al menos-, de pura envida en sus palabras. Una suerte de aceptación entre resignada y justo lo contrario, de que si lo público está ahí, y todos meten indefectiblemente la cuchara en esa lata, hay que ser o muy idiota o muy cobarde o no tener ninguna oportunidad para no ceder a la tentación. Si no va a la cárcel pronto, Bárcenas corre el riesgo de convertirse en una suerte de héroe social, un cabrón con redaños, un tipo que se ha burlado de todos, se ha guindado los cuartos, y ha logrado vivir como un cura. Bárcenas puede ser a la conciencia enferma de este país, lo que Messi es a la imaginación de mi hijo: alguien que probablemente no llegará a ser, pero al que le gustaría mucho parecerse.