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José María Pérez, Peridis – Por Luis Ortega

   

Una docena de humoristas de variado pelaje, calificada como “una generación irrepetible”, muestra en la sala Hipóstila de la Biblioteca Nacional de España su desenfadada visión de un periodo breve y brillante de nuestra historia, tratado hoy con elegante nostalgia u olímpico desprecio. Lamentablemente, y sin restar méritos a sus autores, la bibliografía que evoca el tránsito de la dictadura a la democracia se concretó en hechos puntuales, cuya trascendencia nadie discute, y en los perfiles de los protagonistas que, en coordenadas complejas, cumplieron con honestidad, eficacia, responsabilidad, e incluso holgura, sus altas responsabilidades. Comisariada por Francisco Bobillo de la Peña, con la colaboración de Peridis y Forges, responsables de originales aportaciones en la prensa diaria, La Transición en tinta chica propone un viaje en el tiempo que se acomete con sentimientos encontrados, con la ilusión de recuperar la brisa fresca que sacudió el clima sofocante de los usos y estertores del franquismo y con la pena de la ruta abandonada por el tedio y la mediocridad que cansaron nuestra democracia. Con el régimen en caída, negada, disimulada pero inevitable, Mingote, Perich, Mena, Gin, Máximo, Chumy Chúmez, Ballesta, Gallego & Rey, Cesc, El Cubri, Sir Cámara, Martín Morales, Ja, Carlos Jiménez, Romeu, Quino, Killiam, Ivá y El Roto bordearon los límites de la censura y movieron sonrisas inteligentes en lectores cómplices, habituados a leer entre líneas y ávidos de cualquier atisbo de libertad. El espíritu del 12 de febrero, una estrategia de imagen de escaso recorrido, desembocó en los dramáticos episodios en los que el terror, según la afortunada imagen de Miguel Ángel Aguilar, sordo al clamor internacional, recuperó a fuerza de fusilamientos “el prestigio perdido” en los últimos años. Pero, desde entonces, ya nada fue igual y, aún con palos en las ruedas y sabotajes y crímenes extremistas, la democracia avanzó sin tregua, con los poderosos en recuadros y tiras que humanizaban sus rasgos o acentuaban sus errores, y el pueblo llano como debutante y cómplice de un teatro nuevo y necesario que respetaba las diferencias e invertía en los activos capitales de la libertad y la tolerancia. Con fondos de la BNE y de los autores, impresos y originales, los mejores dibujantes españoles presentan una obra coral de singular atractivo y extraordinaria oportunidad en una era gris, agria y malhumorada.