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Una mala comedia – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Infanta aparte, y fallos judiciales aparte, una de las noticias destacadas de estos días ha sido la retransmisión televisiva por la BBC del debut de España ante Uruguay en la Copa Confederaciones de fútbol que se está celebrando en Brasil. La cadena británica, prototipo de seriedad y solvencia informativas, puso letra al himno español y lo subtituló en pantalla mientras sonaba. Para ello usó la letra que ganó el concurso convocado por el Comité Olímpico Español en 2008, una letra que, finalmente, no prosperó ante un aluvión de críticas y descalificaciones políticas. La Marcha Real o Marcha Granadera, que es como tradicionalmente se denomina al himno de España, regalo de un rey de Prusia a un monarca español, no posee letra oficial, aunque se han dado varios intentos a lo largo de la historia. Y el COE pretendía que los deportistas españoles no se encontraran en inferioridad ante sus homólogos extranjeros, que cantan sus himnos en los podios y ante de sus encuentros. Pero no pudo ser.

En contra de lo que han opinado algunos, entendemos lo sucedido, porque a ojos británicos -y extranjeros en general- es inconcebible que un pueblo no se ponga de acuerdo en la letra de su himno nacional. Pero así son las cosas por estos andurriales ibéricos, a los que ya no nos atrevemos a llamar ni pueblo ni nación. ¿Cómo va a salir adelante semejante idea si la propia idea de España está en cuestión y no digamos su bandera? ¿Cómo van a estar de acuerdo en una letra para el himno nacional los que niegan que España sea una nación? En un tiempo en que España está siendo demolida y es un problema usar su nombre e izar su bandera en muchos edificios oficiales de muchas partes de su geografía política, ¿qué sentido tiene plantearse su otro símbolo nacional, su himno? En unos años en que el odio vasquista hacia lo español predicado por Sabino Arana y el odio catalanista hacia Castilla proclamado por Prat de la Riba en el siglo XIX han llegado a su cénit, buscar una letra para el himno es no saber en qué país se vive.

En nuestros días la pregunta orteguiana “¿qué es España?” está obteniendo una respuesta desoladora: España ya no es nada, y ni siquiera le queda la palabra que la nombra. Y no es casualidad que el tema de la letra del himno haya surgido de los sectores deportistas, necesitados de una letra para cantar al inicio de las competiciones en igualdad de condiciones con los deportistas de otros países. Es en esos sectores, y en los de sus seguidores y aficionados, en dónde parecen haberse refugiado los restos del naufragio del patriotismo español. En un país normal, un asunto de esta índole nunca se hubiera suscitado en su Comité Olímpico, sino en su Gobierno y en su Parlamento. En un país normal, un asunto de esta índole no sería una aspiración de sus deportistas, sino de todos sus ciudadanos. Pero España no es un país normal.

Los himnos nacionales y sus letras son producto natural de la historia y de sus azares. Sin embargo, aquí la llamada memoria histórica consiste precisamente en negar la historia. Pensar que los habitantes de este país esperpéntico y valle-inclanesco, sus múltiples grupos de presión, de interés y de opinión, y sus penosos políticos de variado jaez podamos coincidir -justamente ahora- en una letra para el himno, es decir, en unos valores y en una idea de lo que hemos sido en el pasado, de lo que somos actualmente y de lo que queremos ser en el futuro es estar fuera de la realidad. Y el empeño protagonizado por los deportistas españoles estuvo condenado desde el principio a ser una misión al filo de lo imposible, pero carente de épica y de final feliz.

Las críticas a la letra propuesta -y después retirada- fueron de dos clases: las críticas a su fondo o contenido y las críticas a su forma, siendo las primeras las más abundantes y virulentas, y las segundas las más solventes. Y, según era de esperar, las críticas al fondo o contenido procedieron -¿cómo no?- del progresismo a la violeta y del progresismo de salón que soportamos en este país. Como buenos ignorantes, los críticos ignoraron que el republicano himno de Riego -el oficial de la Segunda República- habla de la nación española, del amor a la patria del general Riego, y de unos soldados que quieren que el mundo les admire como “hijos del Cid”, a los que la patria “llama a la lid”, y que juran vencer o morir por ella. Que el himno de Cataluña conmemora el denominado “Corpus de sangre” de 1640, en el que fueron asesinados muchos funcionarios castellanos, entre ellos el virrey, por un millar de segadores amotinados. Y que el himno de Euskadi gira en torno a Dios y la Santa Cruz. ¡Qué hubiesen opinado de una letra de ese tipo! Y no digamos nada de himnos extranjeros, La Marsellesa, por ejemplo.

Dante dejó escrito en La Comedia, después adjetivada Divina, que en las puertas del infierno figura una terrible advertencia para los condenados: “Abandonad toda esperanza”. España se ha convertido en un esperpento, en una mala comedia, nada divina. Y nosotros también debemos abandonar toda esperanza sobre nuestro himno nacional. Igual que nuestros deportistas, que seguirán condenados a tararearlo y a pasear por el mundo la vergüenza de tener un himno nacional sin letra que poder cantar. No eternamente, claro, sino lo poco más que dure España.