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Misoginias – Por Francisco Pomares

   

Desde que se impuso lo de la paridad -o casi- en materia de distribución de cargos en el Gobierno, ha sido frecuente que la opinión publicada señale con el dedo a una dómina como lo peor del Gobierno. El premio es para la consejera Rita Martín, una atrevida y simpática metepatas profesional que dejó para la historia conventual de esta región alguna anécdota de antología, como aquella de confundir la casa de los Sall en Telde, con una supuesta casa de la sal, en un discurso peripatético pronunciado ante un auditorio patidifuso. Es verdad que la tontería es muy contagiosa, y en materia de despistes, incoherencias o cursiladas, en el Gobierno hay para dar y tomar. Hasta el presidente Rivero ha protagonizado disparates memorables, como aquel del amor a los pajaritos. Pero por algún extraño sortilegio misógino que funciona en las Islas, parece que nos gusta cogerla con las señoras. Y no niego que a veces con razón.

Un ejemplo: quizá recuerden ustedes un chusco episodio parlamentario de hace unos años, cuando el diputado del PP Miguel Cabrera Pérez Camacho hizo una gracieta rimada, que arrancaba en el moño de doña Paquita Luengo y acababa seis palmos más abajo. La broma -de más que evidente mal gusto- le costó al vate improvisado un buen chorreo de descalificaciones, entre las que no fue la menor la de machista convicto y confeso. Doña Paquita fue de las más activas a la hora de condenar el machismo irredento del diputado, que se había permitido la intolerable rima sobre asunto tan peliagudo. Algunos dijimos entonces que el problema no era el machismo o la falta de corrección política, sino más bien la zafiedad en sede parlamentaria. Solo amagar con eso ya me supuso alguna acusación de complicidad.

En fin, la cosa es que el viernes, también en sede parlamentaria, doña Paquita volvió a protagonizar otro asunto de similar enjundia. La consejera de Industria y Empleo y otras yerbas, se columpió al criticar a la diputada Aurora del Rosario, a la que afeó asegurando que piensa por cabeza de su pareja (antiguamente se decía marido, o compañero sentimental, según tocara), que es el jefe regional de los populares, Asier Antona. Si ese comentario hubiera salido de garganta masculina, probablemente tendríamos otro escándalo de mucho cuidado a cuenta del machismo de nuestros diputados. Pero como fue doña Paquita la propia que se prodigó, ha pasado el asunto más inadvertido. En fin, solo por ponernos evangélicos, decir que esto es como lo de la paja en el moño ajeno.