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Nuestra fe es libertad – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Es absolutamente perturbador. Resulta que nuestra fe, llamada a ser el revulsivo que toda generación ansía para disipar el sopor de lo cotidiano, esta fe nuestra, digo, es considerada por muchos una pieza de museo más de entre las muchas que en la Historia han sido.

Adornos de salón, nos consideran, de esos que se contemplan con sincero afecto porque evocan buenos tiempos que el realismo ha trocado en añoranzas; sueños que han cumplido con su misión: alimentar la esperanza con horizontes bienaventurados que nunca verán la luz en el mundo real porque sólo eran eso, un bonito sueño.

En el peor de los casos, nuestra fe es vista como el aguijón permanente que empuñan quienes ni viven ni dejan vivir, el edificio de doctrinas que convierte en peores personas a quienes se rozan con su catálogo de presuntas verdades eternas.

El drama es que, seamos sinceros, cuando se juzga nuestra fe en realidad se nos juzga a nosotros, los que nos llamamos hombres y mujeres de fe. El diagnóstico sobre el cristianismo es en realidad una palabra que se pronuncia sobre los cristianos. Y es cierto que los creyentes nos equivocamos. Y es duro que en ocasiones nos instalemos y promocionemos el error. Sobre culpabilidades que se pronuncie Dios, yo solo constato.

El evangelio de hoy es una invitación serena a repensar nuestra fe y nuestra vida. “Para vivir en libertad, Cristo os ha liberado”, nos adelanta el apóstol Pablo. Y sus palabras llegan con toda la carga vital de quien ha sido esclavo de sí mismo y de sus ideas durante largo y doloroso tiempo.
Fue este mismo Pablo que ahora suspira por Cristo el que mil veces antes invocó lluvias de fuego sobre los cristianos, pensando que era compatible la destrucción del hombre con la gloria de Dios, por aquella estupidez de que el fin justifica los medios. Y también fue él quien a rastras tuvo que aprender que la fe no es un hotel de cinco estrellas en el que descansar seguro, sino un camino en el que a duras penas se descubre un lugar donde reclinar brevemente la cabeza. Sin tiempo para dedicarse a los muertos, sin otra pasión que el Reino de Dios.

Le resultamos cansinos a una sociedad cansada cuando no aportamos nada, cuando no ofrecemos a Cristo, sino nuestras cosas barnizadas de Cristo. Luego habrá que dar los pasos poco a poco, respetando los ritmos de cada uno, pero el Señor es rotunda novedad, tsunami en medio de la pereza y el hastío, vida nueva, puertas abiertas, revolución.

La malentendida prudencia nos ha convertido en absolutamente prescindibles para una sociedad que pide a gritos una palabra nueva sobre la vida y la Historia. Ese es el encargo. Esa es nuestra fe. Repensémonos y hagámoslo: sabemos hacerlo.

@karmelojph