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Pierre Mauroy – Por Luis Ortega

   

La izquierda y la derecha aplazaron sus divergencias y fueron justas, y hasta generosas, en la valoración de la figura de Pierre Mauroy (1928-2013), despedido en un funeral de estado donde su correligionario François Hollande pronunció una vibrante oración fúnebre que recordó los valores de un político honesto que, sin renunciar a su ideario socialista, “gobernó para todos los franceses”. Militante desde 1944, ocupó cargos orgánicos en las Juventudes y el PS, fue diputado y senador y alcalde de Lille durante 28 años. En la convulsa década de los sesenta postuló gobiernos de la izquierda unida frente al imbatible Charles de Gaulle y, en 1981, cuando Mitterrand llegó a la presidencia de la V República, fue nombrado primer ministro. Asumió una posición equidistante entre el peso ideológico de su jefe y el reformismo de su amigo Michel Rocard y se anotaron en su haber avances sociales como la supresión de la pena de muerte, la jornada laboral de treinta y ocho horas, la quinta semana de vacaciones pagadas, la jubilación a los sesenta años y una descentralización efectiva, ante la ineficacia burocracia y el descontento con el centralismo, que significó “un golpe de timón en la historia de Francia”. También afrontó actuaciones obligadas, y de difícil explicación para las clases populares, como la amplia reconversión industrial que, a finales de los ochenta, también acometió en España el PSOE de Felipe González. Antepuso los intereses generales a sus ideas, defendidas siempre “con la autoridad moral de su vida intachable”, como señaló Jacques Delors, que fue titular de Finanzas en su gabinete y presidente de la Comisión Europea. Laurent Fabius, que le sucedió en su cargo en 1984, manifestó que en una época de grandes dificultades, logró nuevas libertades y conquistas sociales que no solo sirvieron al bienestar de sus compatriotas sino que “marcaron el rumbo del socialismo democrático en el sur del continente”. A los sinceros elogios de sus compañeros y de la prensa de izquierda, se unieron los reconocimientos de los conservadores. Jean-François Copé, dirigente del partido de derecha UMP, trató a Mauroy “como un hombre de convicción, socialista sincero que ganó la estima de todos más allá de su campo” y el ex primer ministro Alain Juppé lo llamó “eximio estadista y servidor de la patria”. Estas actitudes, claro, sorprenden en el lado meridional de los Pirineos, donde coincidir, aún en las tormentas, cae dentro de la casualidad o milagro.