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Plástico y neón – Por César Martín

   

Lista de la compra en mano. Arranco el coche en dirección al supermercado. No queda otra, la nevera vacía y las baldas de la despensa despobladas. Comienza el ritual. Llego y aparco. Nada de cambio en el monedero, pero tengo suerte y en el aparcamiento descubro un carrito abandonado. Agradezco al santoral completo los favores otorgados y me lanzo dentro. Allí descubro el porqué del abandono de mi carrito: no camina recto y se va a la derecha. En un instante pienso en por qué siempre se van a ese lado y nunca a la izquierda. Cuestiones políticas, supongo, y me hago una mueca socarrona. Suspiro y al ataque. Comienza la comparativa de precios, pague dos y lleve tres, el segundo a la mitad, la oferta de la semana y qué sé yo. Paciencia, me digo. Así transcurre la tarde de sábado entre marcas blancas y una sintonía musical que me envenena de los pies a la cabeza. Ahí me las entiendo y desentiendo, pasillo voy y vengo, perjurando que la última vez lo vi en esta estantería. ¡Dónde habrán puesto el pan de molde! Ya lo volvieron a cambiar de sitio, ¡dichoso marketing! Al cabo de una hora termino con más de lo que preveía y con la sensación de olvidar algo. Y al fin, el instante más odioso: pasar por caja. ¡Qué tensión! Urdo un plan para elegir cola y mientras estoy en ella pienso en cambiarme de fila, quiero salir de ahí lo antes posible. Deposito los artículos en la cinta en riguroso orden, lo justo para no llegar a casa con los huevos rotos o los plátanos molidos. La cajera comienza a pasar los productos a una velocidad de vértigo mientras me pregunta si deseo bolsa. Mierda, me volví a dejar la que me regaló la gasolinera en el coche. Sí, por favor. Me dispongo a colocar todo, pero no me da tiempo, el ¡piiii!, ¡piiii! de la máquina no cesa y todo se acumula. ¿Me da otra bolsa? Y mientras intento torpemente sacar la tarjeta de crédito para pagar, ella termina llenando las bolsas que quedan sin ton ni son. Mi cuidadoso estudio del orden al garete. Nada, al coche y a casa a colocar. En el camino de regreso recuerdo la venta de Anita y la recovita de Manolo en Santa Úrsula, la carnicería de Pedro en el antiguo mercado de Puerto de la Cruz… Allí donde iba con mi madre a hacer los mandados. Un mundo de olores y sabores donde la fruta se probaba antes de comprarla, un espacio de encuentro. Hoy hemos sustituido estos lugares por cuevas de plástico y neón. Nos humanizamos con más oportunidades de comunicación y perdemos las que ya teníamos. Inconscientemente nuestra cultura y valores también van en ellos. No nos despistemos, sea que tengamos que reconstruir nuestra identidad. No es que cualquier tiempo pasado me parezca mejor, pero que no nos cambien, al menos en las pequeñas cosas.

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