X
RETIRO LO ESCRITO > Alfonso González Jerez

Porquería – Por Alfonso González Jerez

   

Se suele repetir una supuesta paradoja cada vez que padecemos milagrosas victorias deportivas, sobre todo, en el fútbol. La leí de nuevo hace algunos días: “La mayoría de los que se concentran en la plaza de España para vitorear a los jugadores del CD Tenerife son gente humilde que lo está pasando mal”. Ciertamente. Pero no existe ninguna contradicción. Para festejar tumultuosamente el ascenso (no precisamente irresistible) del CD Tenerife a segunda división esos son, precisamente, los requisitos: ser pobre o desempleado, pertenecer a las clases medias más modestas, encontrarse económica y socialmente archiputeados (el patriotismo futbolístico de los periodistas deportivos tiene una relación más directa con sus obligaciones ocupacionales y sus carreras profesionales). Pierre Bordieu analizó las correspondencias entre prácticas deportivas y clases sociales y el conjunto de valores y percepciones de cada grupo. Para las clases dirigentes los deportes tienen un valor estético en el que el cuerpo es un fin en sí mismo; las clases medias definen su patrón a partir de las virtudes higiénicas de la práctica deportiva; las clases trabajadoras tienen una relación más instrumental con las condiciones físicas. La naturaleza competitiva del deporte es interiorizada más intensamente desde las clases altas hasta las clases trabajadoras. Y está íntimamente vinculada con mecanismos de identificación simbólica y ritual con un equipo. La política es una vacua fantochería, la economía un matadero atroz e ininteligible, las instituciones públicas un confuso prostíbulo blanqueado, pero el fútbol es perfectamente comprensible. En el fútbol (contra lo que ocurre a la inmensa mayoría desheredada de la sociedad) se puede perder, pero también se puede ganar. El fútbol es una metáfora transformada en un espectáculo y un espectáculo que se asume como una realidad, un motivo de satisfacción vicaria, el sucedáneo chillón y exasperado de un consuelo. ¿Quién podría engañarse con esta patochada fugaz e irrelevante, sino aquellos que necesitan del engaño? ¿Quién la soportaría como un alivio sino los que están en ayuno de cualquier consuelo en sus vidas cotidianas y cada día se sienten menos respetables, porque son menos respetados? Los fanáticos del fútbol no viven menos irrealmente que los seguidores de la ufología o los adventistas del Séptimo Día. El fútbol, como producto empresarial, artificio identitario y embeleco emocional, no es más que una menesterosa porquería.