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Quieren que vuelva Aznar – Por Fermín Bocos

   

Quieren que vuelva Aznar. Quienes reclaman la vuelta del expresidente no parece que constituyan mayoría en el seno del PP, pero sí son los más ruidosos. Son los mismos que encuentran eco en algunas tertulias frecuentadas por ultramontanos.

Gentes que no escuchan e identifican a discrepantes con enemigos. Es cierto que las dos últimas intervenciones de José María Aznar planteando una enmienda a la totalidad al Gobierno de Rajoy en relación con la política fiscal y con la estrategia a seguir con la Cataluña oficial metida en su atolondrada deriva secesionista han levantado una gran polvareda, pero la gente sabe que no es lo mismo torear que criticar al torero sentado en la grada o desde detrás del burladero. Aznar, en sus tiempos en La Moncloa, hizo famoso un lema, la lluvia fina -que, por cierto, es el mantra que se resume en la gota de agua del escudo de la Fundación FAES que preside-; pues bien, la paradoja de la situación es que quien trata de gobernar ateniéndose a esa filosofía de cambios y reformas graduales ejecutadas sin precipitación es Mariano Rajoy. Y ese es el principal reproche que recibe de Aznar y de quienes quieren que vuelva. Un regreso problemático. España no es Argentina y, afortunadamente para el conjunto de los españoles -votantes y no votantes del PP-, el Partido Popular no es un partido de corte peronista. Así las cosas y visto que Rajoy ni salió al paso de las críticas de Aznar ni, fuera de Ignacio González (Madrid), hemos escuchado a ningún otro barón regional encomiar al antiguo líder del partido, tengo para mí que el regreso de Aznar, esa suerte de sebastianismo político, quedará confinado en el sanedrín de algún medio de comunicación que ha descubierto un pequeño nicho de lectores y en el griterío de ciertas tertulias. Y poco más. Pese a las tormentas de papel, mientras tenga en sus manos el BOE y mientras el PSOE siga como está, creo que Rajoy puede fumarse tranquilamente un puro. Claro que el escenario podría cambiar si el paro sigue creciendo y se cumplen las previsiones de la OCDE que pronostican un 28% de desempleados a finales del 2014. Nos acercaría -y sería insoportable- a cerca de siete millones de parados. Ningún Gobierno resistiría.