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La reformita – Por Luis del Val

   

Hoy, saldrá del Consejo de Ministros la pomposamente llamada por los más forofos reforma del Estado, conocida como reforma de la Administración y que, en realidad, se ha quedado en una reformita, lo que en la empresa privada suele llamarse “estudio de racionalización de rendimientos y adecuación del organigrama”.

Aquí sí que me hubiera gustado ver al ministro Wert en plena forma, pisando el callo de las diputaciones provinciales, poniendo coto al déficit de las televisiones públicas y provocando un alud de protestas de los profesionales del sillón político, que llevan tanto años subiendo y bajando del coche oficial y que apenas compran zapatos, porque no se les desgastan nada las suelas.

Pero nuestro presidente ha entrado de puntillas en la jungla burocrática y ha decidido vender inmuebles y suplicar a las autonomías que sean buenas, que es como pedirle a una adolescente que se comporte como un contable maduro. Ciento veinte recomendaciones a esos engordados entes autonómicos que repiten, dirección general por dirección general, el mismo organigrama del Estado. Ciento veinte invocaciones y ruegos a los reyes de taifa, a la nobleza territorial, o sea, ciento veinte brindis al sol que más nos calienta los bolsillos.

Y, luego, en lo poco que ya administra el Gobierno central, ahorrar en sellos y utilizar correos electrónicos que son más baratos, o intentar que la limpieza de los ministerios no la hagan cincuenta empresas, sino que se le adjudique a alguna de las grandes, porque solo al alcance de una Construcciones y Contratas o una Ferrovial está el hacerse cargo de las docenas de brigadas de la limpieza que hacen falta.

España cada vez se parece más a la Edad Media, con un rey que reina protocolariamente, pero no manda, y unos nobles repartidos por el territorio, cada uno celoso de sus fueros y a los que no conviene molestar.

En esa etapa España no existía y, si seguimos por los caminos medrosos del aplazamiento y la componenda, es probable que deje de existir.

También es verdad que ningún presidente anterior se atrevió a tanto; es cierto, pero es tan poco, tan poco…

Y en cuanto esto remonte, que ojalá sea pronto, volverán los coches oficiales a los aparcamientos oficiales sus ruedas a posar. ¡Ay, Bécquer!