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Sentido de Estado – Por Jorge Bethencourt

   

Por mucho que contraríe los intereses electorales inmediatos del PSOE -o precisamente por eso- la decisión de Alfredo Pérez Rubalcaba de apoyar algunas políticas estratégicas del Gobierno español es el primer gesto de auténtica grandeza que se puede observar en el universo español después del gran cambio a la democracia que protagonizó Felipe González. Nada enturbia el gesto. Ni la torpeza torticera de algunos corifeos del PP, que se han abalanzado sobre los socialistas para explotar ladinamente la resistencia de algunos sectores a seguir la línea de Pérez Rubalcaba. Ni la ceguera crónica de algunos sectores del PSOE que consideran más viable rentabilizar la destrucción global del país en manos de la derecha. Ni el momificado y polvoriento discurso de los nostálgicos del comunismo, los nacionalismos exacerbados o los partidos alternativos, pescadores todos del río revuelto de la recesión y la pobreza. La unidad de acción de Gobierno y oposición en el frente de la Unión Europea, para acabar con una política que extermina a los ciudadanos y a las clases medias, es fundamental y sobrevuela las diferencias ideológicas. Porque lo que se dirime son intereses nacionales entre soluciones de países ricos -con Alemania a la cabeza- y remedios para países en graves crisis económicas. La doctrina de la contención del déficit y el control del crecimiento de la deuda es razonable, siempre que no se construya sobre la demolición de la prosperidad de los ciudadanos y a mayor gloria de las haciendas públicas. Los sacrificios de España, Italia o Portugal parecen no tener fin para una insaciable troika empeñada en arreglar en unos años los estropicios de varias décadas. Otros países, como Francia, empiezan ya a columbrar los efectos de una recesión económica y se convierten en aliados para cambiar el sesgo de las decisiones de las autoridades comunitarias. Lo que faltaba es que el Gobierno del PP presentara su gran asignatura pendiente: la reforma de las administraciones públicas. Después de pedir el sacrificio de todos, después de subir impuestos directos e indirectos y cargas sociales, reducir salarios, colapsar las inversiones y congelar el consumo, con un pavoroso saldo de seis millones de víctimas en paro, tocaba que los sacrificios llegaran a la intocable casta de la burocracia, de los empleos públicos improductivos, a los cargos de confianza y a la estructura crecida como una enredadera a la sombra de la partitocracia reinante. Habrá que ver cómo se reducen esos 37.000 millones de euros y el alcance de las reformas. Pero parece -no sé por cuánto tiempo- que gobierno y oposición han decidido que no vale la pena ganar al adversario si el premio es reinar sobre un cementerio. “Después de los ciudadanos, ahora nos toca a los políticos”. Suena bien. Suena muy bien.

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