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La siesta nacional – Por Saray Encinoso

   

Los profesores son unos vagos que tienen más vacaciones que nadie. Los funcionarios, apoltronados en los sillones de sus despachos, se dedican a mirar por los ventanales y solo se activan cuando quieren cruzar la calle para ir al club del gourmet de El Corte Inglés. Los médicos viven como quieren, con su vida organizada a golpe de turnos y sus envidiables sueldos que les permiten viajar por el mundo. Y los políticos… los políticos, con sus gin-tonics low cost del Congreso y sus tarjetas del todo incluido, despiertan la envidia de todos. Y, encima, cuando vamos al súper, la cola de al lado siempre avanza mucho más rápido que la nuestra.

Hasta hace poco pensaba que la envidia era un deporte muy español, que esa costumbre de sospechar siempre del de al lado no se repetía en todas partes. La crisis ha hecho que este hábito, nacional o no, se extienda y traspase las fronteras. Esta envidia es la que divide hoy a Europa en vagos y trabajadores. El rotativo Der Spiegel publicó hace unos días un detallado reportaje en el que informaba sobre la desaparición de la siesta. Contaba el semanario que esa costumbre tan española, que se ha practicado en el sur del continente durante siglos, empezó a decaer cuando en 2005 el presidente Zapatero ensalzó las virtudes del aire acondicionado a la hora de trabajar con la barriga llena. Luego llegó la troika, y con sus ajustes interminables, terminó por aniquilar el viejo hábito que tanto éxito tenía entre los holgazanes del sur.

Los estereotipos superan las épocas, son inmunes a las modas. En ocasiones son capaces de atrapar algo de la esencia de una cultura o una forma de vivir. En España tenemos los toros, la paella y el flamenco, pero somos mucho más que todo eso junto. El problema de la siesta española, sin embargo, va más allá de los estereotipos. Vivir pensando que la cola de al lado siempre avanza más rápido que la nuestra es peligroso. Ocurre entre alemanes y españoles, pero también entre trabajadores de la misma empresa. Siempre creemos que trabajamos más que el compañero que se sienta enfrente cada mañana. En realidad, es solo una prueba más de que vivimos en constante desconfianza hacia todo: estamos obsesionados con catástrofes climáticas, con asteroides que pueden chocar contra la tierra, con terremotos devastadores o con ataques terroristas. En definitiva, nos pasamos la vida buscando excusas para no tener que vivir. Supongo que es más fácil imaginar el fin del mundo que pensar en cómo cambiarlo.

@sarayencinoso