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Sociedad protectora – Por Jorge Bethencourt

   

Para el Estado protector y benevolente, los ciudadanos no son individuos soberanos, dueños de su propia vida y destino. Son meras piezas de un engranaje social en el que cumplen una función instrumental al servicio de ese becerro de oro que es el bien común. De ahí que lentamente, con la excusa de garantizar nuestra seguridad, las autoridades vayan invadiendo lenta e inexorablemente los espacios de libertad de sus administrados. Ya no sólo se trata de que nos observen en nuestro deambular con todo tipo de cámaras, que registren y graben nuestras comunicaciones, que controlen nuestras transacciones electrónicas o que decidan qué principios morales han de inculcar a nuestros hijos -sus futuros y dóciles ciudadanos-, sino que pretenden ampliar la tutela estatal hacia terrenos que hasta hace poco parecían inviolables. Para empezar quieren que no nos rompamos los cuernos en bicicleta. De ahí que estén considerando seriamente la posibilidad de hacernos llevar casco. Aunque por lo que uno observa sería más provechoso que incorporaran una botella de oxígeno y un desfibrilador, considerando que la mayoría de los ciclistas urbanos que veo son gente voluminosa y enrojecida que lucha inútilmente contra las pechadas de esta ciudad inclinada. Pero, además, hartos del comportamiento de los jóvenes, van a debatir la posibilidad de sancionar a los padres por la conducta irresponsable de sus hijos. Es posible que dentro de unos meses tengamos que esconder el Pampero bajo siete llaves. Porque, si nuestros hijos asaltan el bar durante ese fin de semana que uno se pierde para esos sures, se agarra una tajada para celebrar la subida del Tete y termina siendo asistido en un centro de urgencias, es posible que a los padres se les casque judicialmente. Claro que, por el otro lado, si al pibe lo majas a palos, por meterle mano al ron, igual terminas en el talego por maltrato. Con lo cual a los padres se les coloca en una difícil tesitura porque por un lado se les quita autoridad y por el otro se les atribuyen responsabilidades. Me pregunto cómo pudieron educarnos nuestros padres sin que el Estado les echara una mano legislativa. Recuerdo haberme agarrado alguna melopea que acabó con un sermón paternal seguido de dos o tres saludables cogotazos. Inexplicablemente recuerdo a mi viejo con cariño a pesar de esos actos de violencia que hoy serían punibles. Pero esto es lo que hay. Cascos, multas, daños psicológicos, sobreprotección… Y una sociedad cada vez más enredada en normas y normas que no hacen más que legislar sobre las excepciones para joderle la vida al general de los ciudadanos.

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