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Tavío, Hijo Ilustre – Por Salvador García Llanos

   

“La isla te quiere”, concluyó Ricardo Melchior su canto elogioso a Ricardo Tavío mientras le hacía entrega de la bandera de Tenerife, culminando el acto de nombramiento de Hijo Ilustre, promovido por el Cabildo insular. Tavío había sobrellevado la emoción con la naturalidad de su comportamiento, antes y durante el acto. O sea, que su respuesta fue la que podía esperarse. Siempre fue así: espontáneo, ocurrente, osado, desprendido… Y siempre respetando las formas. El salón estaba lleno. Había gente de pie y en el exterior aguantaron como pudieron quienes no encontraron acomodo. La concesión del título de Hijo Ilustre había convocado a decenas de amigos, de excompañeros y de paisanos que siempre vieron en Ricardo Tavío un espejo de bonhomía y, sobre todo, de compromiso. Porque, en todo aquello que asumió, desempeñó el papel de llevar a la práctica las encomiendas que recibía. Lo hizo desde la etapa de estudiante. Y después, en todos los cometidos, profesionales o no, en los que fue sujeto activo. Lo mejor fue que todo lo hizo sin afanes de lucimiento, sin mínimas ganas de protagonismo. Un quehacer silencioso el suyo. Contribuyendo como una pieza más. Respetuoso con el pluralismo de ideas y de planteamientos. En el deporte, en la cultura (sobre todo, en la música), en el turismo, en su trayectoria profesional, en los ámbitos marítimo y empresarial, y hasta en la política, Tavío brilló por su discreción, por su eficacia silenciosa. Prefirió siempre la distensión antes que el encono. Arregló no pocas asperezas con ese modo de ser. Su tocayo presidente, después de recordar el paso por la Corporación insular, habló de un “inquebrantable amor a la tierra” y de “un ejemplar sentido de la lealtad y la amistad”. Definía así los rasgos de una personalidad que exhibió el Ilustre, tal cual, durante su larga intervención en el curso del acto. Quiso ser tan agradecido que se remontó a sus tiempos de bachiller para mencionar a tantos amigos y compañeros que habían acudido al Cabildo para testimoniarle su afecto. Se olvidó de muy pocos, desde luego. Hizo saludar a Miguel Velázquez, el tinerfeño que fuera campeón del mundo en una categoría boxística. E iba nombrando, en evidente sentido de gratitud, a quienes identificaba mientras se quitaba y ponía las gafas en un incesante ejercicio de movilidad. A Juanjo Iglesias, destacado profesional de la hostelería, lo llamó maestro. Habló del norte y del sur turísticos y no en claves de rivalidad, precisamente. Tavío, en su pormenorizada e improvisada intervención, navegó sobre la memoria de los presentes y ahí siempre se arranca sonrisas. Llegó a pedir licencia al presidente para extenderse unos minutos: la complicidad espontánea de los gestos propiciaron un par de citas literarias que había seleccionado para la ocasión. Recibió la bandera con gesto emocionado, claro. Y recibió los besos y los abrazos como un ciudadano al que siempre animaron causas nobles. Y al que por eso han hecho Hijo Ilustre de la isla.