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Te haré inmortal – Por Arun Chulani

   

Abrió el libro. “Desde siempre la quiso. Siempre. Recordó, sentado en una piedra, cuando hablaba con su padre acerca de cómo saldría de su casa y se encaminaría a los Alpes; cómo recorrería cada punto de la montaña por ella. Miró sus botas militares, se puso en pie y siguió con su búsqueda. A su edad de veintiséis, llevaba ya tres años, montaña arriba, montaña abajo, con un objetivo: encontrar la raíz de oro. Leyenda o no, quería ser la primera persona en obtenerla. En beneficiarse de su poder. Apoderarse de la planta que conseguía alargar la vida”.

“Rhodiola rosea. La flor amarilla: la raíz de oro. Crecía en algún lugar de esas zonas montañosas, escondida entre piedras. Quizás estaba más visible de lo previsto, pero su vista no había llegado a verla. Y no debía ser difícil encontrarla: escandinavos y rusos la tomaban como remedio natural sin conocer lo que esta podría conceder. Aunque, si tenía que retroceder tanto en el tiempo… El supuesto de que ya no había más flores amarillas no era ninguna locura. Pero la idea de alcanzar la longevidad era superior a cualquier pensamiento negativo… Siguió andando. Su ánimo se traducía en una montaña rusa con más bajadas que subidas, donde el sol y su luz le daban falsas esperanzas. Al borde de la demencia y sin saber qué dirección tomar, decidió encaminarse hacia su derecha. Ocho pasos y se detuvo. Ahí estaba: la amada Rhodiola. Su tonalidad amarilla brillaba al ritmo que caminaba. Se quitó las gafas de sol para corroborar su hallazgo: no quería sumirse en un ambiente con espejismos truncados. Y sí: sí que era ella. Cual mujer deseada, cual hombre apuesto. Un anuncio en el que dos amados corren a abrazarse era nimio al lado de su felicidad. Se sentó frente a ella y rozó uno de sus pétalos. Áspero. Tembló. Su sueño infantil comenzaba a cobrar sentido, tanto esfuerzo tenía recompensa. Quedaba comprobar su efecto para no envejecer. Alcanzar la vida eterna o, al menos, alargar más lo que quedaba por vivir. Llegar a ser, en cierto modo, inmortal”.

Cerró el libro. Volvió a su realidad, a su habitación. A su cama. Con su marido. Pero ella no necesita Rhodiola alguna. Su marido, el escritor que la refleja en lo que plasma. Cada palabra, sobre ella. Ella, su musa. Su inmortal.

@arunchulani