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Vayan empezando, Bernardo – Por Jorge Bethencourt

   

Se abre el telón y se ve a un chaval con el pelo negro como el ala de un cuervo, la piel atezada y una nariz con carácter, con una sonrisa en sus labios carnosos, ordenando unas fotos en un archivo. Se cierra el telón y se deja de ver a un periodista de raza, orondo, con un sempiterno bolso colgando del hombro, un habano sobre el cenicero, una sonrisa, la misma, de aquel pibito que empezó en un archivo. No es una película, es la historia de una vida. Dicen que uno se vuelve viejo cuando en vez de cumplir años empieza a descontárselos. No es verdad. Uno envejece conforme va tachando nombres de amigos de la agenda del teléfono. Esta semana me toca olvidar el de Bernardo Morales, porque olvidarlo a él será imposible. Como a Manolo Iglesias, con quien tantas y tantas horas de mesa y mantel echó, mientras le sacaban la piel a tiras a la realidad y a la política, con alguna de las contagiosas risas de Bernardo como telón de fondo. Bernardo se fue a la delegación del Sur del DIARIO DE AVISOS para transformarla en una pieza estratégica del periódico. Desde abajo nos envió cientos de retratos del costumbrismo tinerfeño en los años en que el Sur era un cohete en pleno ascenso económico. Con él nos meamos de risa escuchando la anécdota de un viaje de hermanamiento a cierta ciudad europea donde uno de nuestros inefables magos venidos a más por mor de la democracia, después de hablar durante veinte minutos, encantado de conocerse a sí mismo, frente a una sufrida audiencia de educados oyentes extranjeros, pidió que le calentaran una vichisòise -una crema que se toma fría- pensando que se le había congelado el caldo. Era una de tantas. Unas de las muchas con la que nos reíamos. Pero Bernando Morales aprendió a querer al Sur y a su gente. Incluso a sus políticos. Y los defendía ante los cachanchanes y cambulloneros de Santa Cruz que a veces no los entendían. Los defendía y los criticaba. Una de cal y una de arena. Pero siempre con su muy británico sarcasmo, el de los viejos periodistas, una costumbre que mamó del oficio como solo lo pueden hacer quienes empiezan desde muy abajo para ir colocando hitos sobre sus muchos méritos, a lo largo de los años. Lo vi hace no mucho en Los Tres Teniques. Como siempre. Un saludo. Un abrazo. Una sonrisa. Que ya no salimos en Carnavales. Que cómo ha cambiado esto. Que vaya palo lo de Manolo, que a uno no se le quita de la cabeza. Que te veo más gordo. Que tu estás más calvo. Risas. Oye, que tenemos que quedar. Que se pasan los años, coño, y ya no nos vemos salvo en los entierros de los amigos. Sí, joder. Eso. A ver si nos vemos. Pero no, Bernardo. Que no nos veremos. Porque mira que hay bichos malos para elegir, pero esa cabrona de la muerte parece que solo se fija en la gente buena. Digo mal. Nos veremos, colega. Vete pidiendo algo con Manolo, que seguro que a los cafés ya estamos todos. Como en los viejos tiempos. Y si tardo, Bernardo, que eso espero, será también como siempre, para que vayan empezando y me pongan a parir al llegar.

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