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DOMINGO CRISTIANO >

La alegría de creer – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Suena cursi, pero es cierto que me he estremecido al leer una parte del Evangelio de hoy. Ésa en la que 72 seguidores de Jesús vuelven de la misión a la que han sido enviados y, como niños en el día de Reyes, atropelladamente comparten su alegría por lo que les ha pasado: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”, es lo que alcanzan a decir.

Siempre es emocionante ser testigo de la felicidad verdadera -propia y ajena- expresada sin artificios y sin forzadas modulaciones. La alegría limpia del que ha experimentado una honda sensación de paz es como una bomba en la línea de flotación de quien sobrevive a costa de amañar la realidad con medias verdades. La felicidad es un golpe en la cara de los mezquinos.

Y así están llamados a ser los discípulos de Jesús: felices. Aún en medio de la adversidad, serenamente felices. En un mundo cambiante, lúcidamente felices.

Sin embargo, el tiempo, que casi todo lo empeora, nos ha legado a los cristianos de esta época una herencia perversa cultivada en momentos anteriores, que más tiene que ver con el diablo que con Dios aunque a menudo se nos presentó vestida de virtud. Me refiero a la presunción de culpabilidad con la que a menudo etiquetamos al creyente que hace ostensión de su alegría.

Que si será un disoluto, que si ejerce de inmaduro, que si no ha llegado a entender la profundidad del mensaje de Cristo, que si ya irá cambiando, que si le llegará el tiempo de crecer, que si no es de fiar…
Creo que en general en la Iglesia confiamos más en los rostros graves y las expresiones adustas. Pero la experiencia y la psicología apuntan a que, también en general, tales atributos acompañan más bien a los neuróticos no diagnosticados que a los hombres de fuertes convicciones y buena voluntad.

Recuperar la alegría de creer. No sé cuántas veces se nos ha dicho que éste era uno de los objetivos principales de este Año de la Fe que ya empieza a doblar la esquina. Y tampoco sé qué pensaban en realidad algunos de los que así lo promocionaban, porque alegría, lo que se llama alegría comúnmente, transmitían poca.

Sí, ya sé que siempre les quedará el recurso de apelación a la alegría interior, aunque semejante triquiñuela siempre me ha parecido el argumento de los necios. Alegría es alegría, por dentro y por fuera, contra viento y marea. Alegría no es un gesto o un rictus, sino una actitud. Y las actitudes teñidas de negro son las que critico al poner en solfa a los cristianos permanentemente vestidos de luto. A veces, por dentro y por fuera.

Creo que todo es mucho más sencillos: “Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría”. El tiempo de la Iglesia es tiempo de alegría, que es uno de los frutos de la presencia de Dios en nuestra existencia. Un fruto a menudo olvidado por los que temen a las sonrisas. Esos que sólo viven a medias, aunque a veces ejercen de maestro de la vida.

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