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El discreto encanto del ‘part job’ – Por Fernando Jáuregui

   

La cifra del descenso del paro en el mes de junio es, vaya por delante, una buena noticia. Una excelente noticia. Que no aumentase el número de contrataciones, sugiriendo con ello que un porcentaje considerable se debe a que algunos desempleados no acudieron a las oficinas del Servicio Público de Empleo, ese Inem al que hay que reestructurar urgentemente, puede ser un matiz importante, pero no basta para aguar la euforia oficial. Puede que tanto entusiasmo no esté justificado, es cierto, pero también lo es que las voces agoreras, que hablan de la temporalidad del empleo conseguido, de la baja calidad de los puestos de trabajo, están algo desenfocadas.

Quien tenga hijos o familiares en el paro sabe que cualquiera de ellos prefiere un part job -algunos quieren llamarlo mini job, para acentuar la precariedad de este trabajo- a un no job. Quien tenga responsabilidades empresariales tiene perfectamente asumido que va a ser imposible durante mucho tiempo, si es que la situación no es ya irreversible, crear puestos laborales como los de antes: fijos y para toda la vida, con la protección que hasta ahora se daba al trabajador.

Espero, amable lector, que me entienda: claro que yo prefiero el sistema antiguo a uno en el que la continuidad en el empleo esté perpetuamente condicionada a la marcha económica de la empresa, o a la coyuntura, o a la inseguridad jurídica que pende sobre nuestras cabezas.

Pero vivimos tiempos de crisis, una nueva era en la que casi nada acabará siendo, para bien o para mal, lo mismo que antes. Y ya digo: ninguna tragedia me parece peor que la de la persona obligada a estar mano sobre mano las veinticuatro horas del día, nada tan nocivo para la marcha de un país que contemplar desde la impotencia cómo la mitad de sus jóvenes se desgastan en el no hacer nada, perdiendo unas oportunidades que muchos se ven forzados a buscar, en medio de muy duras condiciones, en el extranjero.

Tengo para mí que las modificaciones en la normativa laboral, que yo considero una auténtica contrarreforma en relación con lo inicialmente diseñado, son las que están produciendo los números de mayo y junio; para mí, es obvio que solamente abaratando los despidos no se logra crear puestos de trabajo.

El descenso de cuotas para los autónomos, la protección a los emprendedores, tenían forzosamente -cuántas veces se ha repetido, sin que ni Gobierno, ni patronal ni, menos, sindicatos, quisieran escucharlo hasta ahora- que dar resultados.

Cierto es también que la temporada turística se presenta, en parte gracias a la situación interna de países competidores, excepcional, lo mismo que algunas cosechas agrarias.

Cierto que el abaratamiento de España ha mejorado las exportaciones y ha hecho retornar, aún muy tímidamente, a algunos inversores. Pero la suerte acompaña a quien sabe encauzarla, y hay que aprovechar el momento, disminuyendo trabas para la contratación, fomentando el emprendimiento, creando políticas activas de empleo más que limitándose a tratar de asegurar los empleos existentes.

Ni la corrupción, que afortunadamente parece que empieza a ser cosa del pasado, ni la citada inseguridad jurídica, que es uno de nuestros males endémicos, ni, de alguna manera, el alto porcentaje de economía sumergida favorecen la creación de empleo.

Pero sí la favorece esa revolución mental que, de grado o más bien por fuerza, empieza a calar en el ánimo de los españoles: hace apenas poco más de un año, el setenta por ciento de los jóvenes encuestados mostraba, como máxima aspiración, la de ser funcionario.

Hoy me dicen que ese porcentaje ha caído a poco más de la mitad. Emprender, con las seguridades y las ayudas, oficiales y privadas, que puedan lograrse, parece ser el buen camino. Aunque, claro está, sea más peligroso que las cada vez más escasas nóminas funcionariales.