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El fin de la privacidad | Me alegra que me lo digas – Por Juan Manuel Bethencourt y Juan Cruz

   

El fin de la privacidad

Querido Juan: más de una vez, al hilo de las filtraciones permanentes en relación a los no menos permanentes escándalos que surgen por aquí y por allá, he llegado a concebir la brutal fantasía orwelliana de un Gran Hermano Colectivo: un lugar donde se volcarían todas las conversaciones, las que son públicas y las que no lo son, a través del cual, a gusto del consumidor enloquecido, cada uno de nosotros podría consultar lo que se ha dicho, sin limitación alguna. Nos permitiría saber todo lo que se habla sobre los asuntos de portada, pero también aquello que se dice de nosotros, por parte de todas las personas allegadas y ajenas, en todo momento. Estos harían, claro está, otro tanto con nosotros, y también nuestros puntos de vista, desde el más nimio al más trascendente, acabarían siendo objeto del escrutinio colectivo. Creo que ha sido Daniel Innerarity, uno de los mejores teóricos de la sociedad contemporánea, quien ha articulado la tesis de que la transparencia absoluta conduce al caos, a subvertir los principios que dice amparar el propio concepto de transparencia, del mismo modo que, ya lo señaló Aristóteles, cualquier principio político aplicado al máximo termina por abrazar los conceptos opuestos. Pero corren tiempos en los que la idea de privacidad ha saltado por los aires, en primer lugar bajo la responsabilidad de los propios ciudadanos, que dejan (dejamos) un rastro digital indeleble, una hipermnesia que haría las delicias de Borges. Y para ello, además, hay que contar con la actuación distorsionadora de las empresas que operan en el nuevo gran supermercado de la privacidad exhibida. Son las mismas empresas tecnológicas que han colaborado con el Gobierno de Estados Unidos facilitando datos para operaciones de espionaje a gran escala, que, como ha ocurrido siempre en este mundillo, no hacen distinción entre enemigos, aliados e indiferentes. Se trata de un escándalo de largo aliento, creo que mayor que aquel huracán WikiLeaks. ¿Tú qué opinas?

Me alegra que me lo digas

Como suele decir Julio Llamazares (cuyo libro Las lágrimas de San Lorenzo te recomiendo muy vivamente, querido lector Juan Manuel), me alegra que me hagas esa pregunta, porque me da ocasión a un desahogo personal que es, además, el desahogo de mucha gente. Estaba en mi casa, trabajando, uno de estos días, y a una hora indeterminada de la tarde, cuando decía Eugenio D’Ors que dabas una conferencia o te la daban, recibí una de esas llamadas basura que despiertan a las familias y a los individuos que viven solos. Una empresa, esta vez de índole bancaria, llamaba a mi teléfono móvil para contarme los valores de una nueva cuenta que habían inventado. Era verdad que no tenía tiempo para responder al anónimo comunicante, y así se lo dije, pero en seguida le pregunté cómo había conseguido mi teléfono móvil, que no está en la guía, igual que no está en la guía ningún teléfono de esas características. Me dijo que todos los teléfonos son públicos. ¿Cómo? Sí, hay un registro en el que están, y los registros que derivan de ese registro son también públicos. Así que, me dijo más o menos, que me queje al maestro armero o, si tengo tiempo, que haga una denuncia. Por cierto, me indicó con cierta razón y con algo de sorna, usted me dijo que no tenía tiempo y lleva hablando conmigo cuatro minutos… Le dije que no tenía tiempo para atenderle en la sustancia que él proponía, pero que sí quería poner de manifiesto mi protesta: ¿qué hace usted dando por sentado que me puede llamar a cualquier hora a un teléfono tan privado como un celular? Colgamos. Pero yo me quedé colgado con el tema: esa es una agresión a la intimidad, la más primaria. Ahora sabemos que Facebook y Google contribuyen al espionaje. ¿Cómo? Usando nuestros datos. Somos cómplices, Juan Manuel. Bórrate de Facebook, deja Twitter, tacha Google. Volvamos al principio, al silencio de lo íntimo. Depende de nosotros. Una última cosa: qué vergüenza lo que le hicieron en Europa a Evo Morales. Esa es, también, una violación. A la intimidad de todos nosotros.