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Giovanni Carenzio – Por Luis Ortega

   

Mientras en la Ciudad Eterna ningún miembro ni alto funcionario de la Curia mueve un dedo a favor de Nunzio Scarano, interno en la prisión de Regina Coeli, en Canarias los damnificados por la estafa piramidal de Giovanni Carenzio -uno de los dos compinches de monsignor 500 en un presunto delito de blanqueo- se debaten entre el bochorno por el burdo engaño y el cabreo por la pérdida de importantes cantidades que, según fuentes de la investigación, no bajarían de treinta millones de euros. Un locuaz y cordial letrado, que defiende los intereses de afectados tinerfeños, me recordó los antecedentes del bróker napolitano que, casado con María Dolores Molina de Aguilar, ahora acusada de los mismos delitos, alcanzó popularidad entre la jet set isleña. Se coló en ese círculo por su pertenencia al bando conservador de Berlusconi y sus exhibidas amistades (políticos de primera línea y aristócratas, los hermanos Marichalar, otrora emparentados con la familia real, entre otras); fue el celebrado conseguidor de la estancia de Al Gore en el Archipiélago y, gracias a sus relaciones vaticanas, el organizador de visitas privadas al papa; entre otros gestos de filantropía -que resultó carísima a medio plazo- pagó la instalación del aire acondicionado en el Salón Dorado del Gabinete Literario y, siempre, presumió de sus puestos en el comité ejecutivo de la Internacional Demócrata de Centro (IDC) y representante de la misma en el FMI y en ACNUR. Nutrió su clientela de “familias conocidas” y, naturalmente, de buena posición, empresarios y cargos públicos, según parece; pero, cuando creció su fama de rey Midas, extendió sus redes a trabajadores modestos que le confiaron sus ahorros, ante falsas perspectivas de rentabilidad y ahora exigen justicia. Los primeros impagos aparecieron en 2010 y, un año después, la primera denuncia; desde entonces, la lista de perjudicados fue en aumento.

Empleó el sistema de otros descarados estafadores; ofrecía intereses entre el 10 y el 20% de los capitales captados y los pagaba con el dinero contante de los posteriores inversores, tal como hizo Bernard Lawrence Madoff para birlar cincuenta mil millones de euros. Aunque las querellas se llevan con meritoria diligencia en los juzgados y se localizaron cuentas en Suiza, no existe demasiado optimismo en la recuperación de las inversiones porque, en gran parte y según el abogado, ni ese dinero estaba declarado a Hacienda ni el inefable Carenzio emitió recibos de las entregas. “Codicia y picaresca, tragedias y paradojas de la vida diaria”, comentó este amigo.