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Una historia cualquiera – Por José Miguel González Hernández

   

Erase una vez una buena persona que sólo se preocupaba por despertarse por la mañana y tener un buen cobijo por la noche para poder descansar después de regentar un pequeño negocio. Vivía en un barrio cualquiera y defendía a capa y a espada sus convicciones. Tenía por costumbre no escuchar la radio, mucho menos ver la televisión y no le preocupaba lo que la prensa escrita pudiera publicar. Lo único que hacía era atender su negocio. Se preocupaba por la divulgación de su trabajo e inundaba con publicidad autodidacta a través de la cartelería y el vocerío, ofreciendo su producto a su demanda. Ésta, lo probaba, se convencía, se fidelizaba y respondían. Las ventas fueron aumentando cada vez más; por ello, se dotaba de mejor género para incrementar la calidad del servicio. Tuvo tanto éxito que pudo ampliar su establecimiento y así atender a la creciente clientela. El negocio prosperaba. Su servicio era el mejor. Venciendo la situación económica inicial, pudo rentabilizar sus inversiones tras pagar los correspondientes tributos, limitando su endeudamiento y obteniendo un respiro. Fue esa la palanca para formar una familia en crecimiento. Pasó el tiempo y llegó la descendencia. No sin esfuerzo y planificación. A la prole se le pudo dotar de la educación adecuada, hasta que alcanzaron los más altos índices formativos. Finalmente, cuando se graduaron con honores y volvían al origen, se vio la diferencia entre las generaciones y cómo el inicio continuaba igual, con la misma vida de siempre, contra un futuro que evolucionaba de forma vertiginosa. El origen era ajeno a lo que sucedía en el exterior: crisis, desempleo, desahucios, corrupción, inmoralidad… El futuro era plenamente consciente de la ola que estaba impactando sobre la sociedad… “¿Cómo que no escucha la radio? ¿Cómo que no ve la televisión? ¿Cómo que no lee los periódicos? ¡Hay una gran crisis en el mundo! ¡Y la situación de nuestro país es crítica! ¡Todo está mal y el país va a quebrar!” Tanto fue la internalización del pánico que la persona emprendedora fue invadida por la incertidumbre, se sentía atenazado…, y debido al miedo que la crisis generaba, volvió al local más pequeño, menos vistoso y más barato, y disminuyó su inversión en publicidad, y empezó a ahorrar costes a través de la calidad. Comenzó a impregnarse de la realidad, y la desesperanza y el agobio comenzaron a ser parte de su día a día. Ya no dormía bien. Sólo pensaba si sería capaz de enfrentarse a todas sus deudas, que no eran tantas, pero ahora le parecían infranqueables. Abatido por las noticias, ya no ofrecía su producto con entusiasmo. Todo eran quejas, todo eran críticas. Hasta ese momento su clientela le había respondido. Su bien era exclusivo, competitivo y conocido, pero pasó a ser vulgar y de una calidad cuestionable. El otro lado del mostrador comenzó a despoblarse. Ya no sólo por la limitación de su renta, la cual se iba adaptando, sino porque no existía ningún rasgo diferenciador respecto a lo que se le ofrecía en otros lares. Tomadas todas esas precauciones, las ventas comenzaron a caer y fueron cayendo y cayendo hasta llegar a niveles insoportables. El negocio, finalmente quebró. Se acabó el poder seguir invirtiendo en presente y en futuro. Ya no podía enfrentarse a las obligaciones previstas. Pero, al final, estaba agradecido porque, si no hubiera sido por la información traída del futuro, nunca se hubiera enterado del verdadero impacto de la crisis. Por ello, sin necesidad de obviar la realidad, la naturaleza de nuestras intenciones afecta a nuestras situaciones. Si nos dedicamos a ejercer de plañideras y a evacuar la responsabilidad hacia terceros, tendremos siempre excusas para no mejorar. Ahora bien, si se es consecuente con el esfuerzo, asumiendo errores para la mejora, otro gallo nos cantaría. De esta sólo nos saca el trabajo conjunto. Basta ya de excusas. Hay que apostar por ser la solución, no por ser el problema.

*ECONOMISTA