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La Madre Amada – Por Juan Pedro Rivero

   

Ese es el grito que se oye por los caminos en la madrugada del día de la Bajada de la Virgen de los Reyes en la Isla de El Hierro: “Por ver a la Madre Amada, no siento la caminada”. Una isla mariana, un terruño diocesano marcado por la Virgen María, por la Madre Amada…

Se repite de muchas formas la misma realidad: Año de Bajada, Bajada de la Virgen, Fiestas Lustrales… Pero bajo cualquier forma, lo fundamental, lo que hace que no quede un rincón libre en ninguna casa herreña en estos días, que vayamos los de allí o que miremos, no sin cierta envidia, los de aquí, es que baja del Santuario de La Dehesa a la capital de la isla y a sus municipios la Madre Amada… Son fiestas de “manteles desplegados”, de fraternidad renovada. Son fiestas para rehacer relaciones perdidas por tantas pequeñas tonterías. Son las fiestas de los herreños que se saben hermanos porque tienen una madre común, una Madre Amada. Una madre que les busca y por eso, empujada por la tradición, el folclore y la fe, baja para hacerse cercana y mostrarles el camino. Es muy elocuente la expresión “bajada”. Parece que lo bueno es subir, progresar, ascender, elevarnos sobre nuestras propias posibilidades. Y, sin embargo, llamamos a estas fiestas “Bajada”, que nos sugiere descenso, sencillez, humildad, pequeñez…

El papa Francisco, en los pocos meses que ejerce el pontificado, no ha hecho otra cosa que invitarnos a ir a “las periferias de la existencia”. A bajarnos de la triste aristocracia espiritual y social en la que podemos habitar cómodamente. Sí, debe sernos elocuente descubrir a la trascendencia divina bajar hasta la humanidad y pedirle permiso para redimirnos a una sencilla mujer nazarena.

Ella es la Madre Amada…

*RECTOR DEL SEMINARIO | @juanpedrorivero" target="_blank">@juanpedrorivero