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Mario Conde – Por Luis Ortega

   

Siempre el papel y ahora los soportes digitales aguantan cuanto se les echa encima. Sólo precisan lectores y espectadores con la suficiente paciencia, o estómago, para digerir fabulaciones de megalómanos y falsos profetas, digresiones de cínicos, trolas de pícaros y paridas de ilusos. Arquetipo del líder social hecho a sí mismo, fue el primer banquero que pagó con cárcel sus verificados delitos económicos, y se pasó tres pueblos con sus libros Memorias de un preso y Los días de gloria (éste llevado a la ficción televisiva), vanos intentos de vender su verdad a despistados, incautos o masoquistas. Los fracasos editoriales no apagaron su narcisismo y su mano apareció detrás de una increíble historia que vistió al aventurero, colado en el sanedrín de la banca, como víctima de la maldad del sistema, de una conjura general que unió a tirios y troyanos – con Felipe y Aznar al frente- y de las venganzas personales y gremiales contra su talento y guapura; en el exceso biográfico ni siquiera se insinuó su atrevimiento, incompetencia, o equivocación, con el dinero ajeno. Pero no está el patio para parábolas y la audiencia, en dos jueves consecutivos, dio la espalda a su emisión en la cadena Telecinco, nítidamente superada por un western de culto -El hombre de las pistolas de oro- y por el cocinero Chicote. Como era previsible, el egocéntrico de cuadro se quejó por el coloquio de cierre, con periodistas, respetuosos y hasta condescendientes con un sujeto condenado en dos instancias y que, con sólo seis años de cárcel, liquidó los veinte tasados por el Supremo y que, como otros delincuentes, no afrontó la responsabilidad civil, mediante el traspaso u ocultamiento de sus bienes. Como diría un castizo, Mario Conde tiene un morro que se lo pisa porque, con sus antecedentes y deudas con los accionistas de Banesto, osa dar consejos públicos y concurrió dos veces -en los años 2000 y 2012- a elecciones generales y gallegas con resultados ridículos. Bailaor de sevillanas en las noches madrileñas donde el sudor derretía su gomina, llegó a mucho más de lo que merecía y, desde su posición de privilegio, hizo de su capa un sayo y hoy engrosa la lista de los sentenciados por fraude y estafa que, con más o menos reclusión, se libraron de pagar el precio de sus trapacerías o irregularidades. Parece lícito pedirles a estos individuos -no ya por ética sino por mera estética- que observen discreción y al silencio, dádivas que una sociedad democrática con garantías concede incluso a quienes no lo merecen. Calladito él, y calladitos unos cuantos más que pululan por ahí como si tal cosa, estarían más guapos.