X
luces y sombras >

No morirse a tiempo – Por Pedro Murillo

   

Es una manía habitual. A menudo vemos fotonoticias en las páginas de información local donde el ayuntamiento de turno homenajea a una vecina centenaria, casi siempre es mujer debido a que es el sexo con mayor esperanza de vida. La anciana es agasajada con algún tipo de metopa o cuadro conmemorativo, además de un vistoso ramo de flores que es entregado por el alcalde o, en su defecto, un concejal que sonríe sardónicamente a la cámara. Siempre me ha resultado curiosa la cara de absoluta tristeza de la homenajeada, investida de una perplejidad incontenible y llena de desconfianza, como si ese acto edilicio fuera un definitivo paso previo a las pompas fúnebres. Estoy prácticamente seguro de que no se ha contado con la opinión de la señora en cuestión y, más que una celebración, es un acto meramente publicitario. Particularmente, no creo que llegue a los ochenta y, si es así, espero hacerlo con algo de estilo: me resulta una ordinariez insoportable y una invasión de la intimidad intolerable que un concejal se meta en mi casa a darme un premio por el logro de haber superado el siglo de vida. No es que hayas descubierto la penicilina ni tu nombre designe a un nuevo astro, no, simplemente es un premio a la longevidad, una circunstancia tan ajena a nuestro devenir que solo se reduce a la suerte de que no te cayera un piano en la cabeza cuando tenías 20 años. A pesar de los esfuerzos de muchos y la solidaridad demostrada por miles de voluntarios, la senectud sigue siendo mal vista en la época contemporánea. En otros tiempos, el anciano ostentaba el concepto de Autoritas, una fuente de sabiduría a la que acudir para solventar entuertos. Creo que hay que invertir más en nuestros ancianos y aprovechar esas décadas de aprendizaje. Son muchos los que se sienten como juguetes rotos y aún tienen mucho que decir. Ahí tienen a los yayoflautas que han salido a las calles acompañando a sus nietos -que se encuentran en situación de desempleo y que vivien de la pensión de sus mayores- para protestar ante una crisis cruel e injusta. El problema no es vivir más, sino la calidad de esas décadas. Ese tiempo ganado por la ciencia, al menos en Occidente, nos enfrenta a una nueva experiencia en donde el concepto de juventud se ha sometido a una suerte de flexibilización. Demostremos una mayor solidaridad con estos jóvenes longevos y no solo cuando sean centenarios, carne de fotonoticia.