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Paolo Cipriani – Por Luis Ortega

   

Peccata minuta para la dimensión del problema, el escándalo de monseñor Scarano, encarcelado por blanqueo de capitales, bastó para la caída de un peso pesado de las finanzas vaticanas, un ejecutivo con amplia experiencia en Italia, Luxemburgo, Estados Unidos e Inglaterra. Nombrado director general del IOR en 2007, Paolo Cipriani (1954) sustituyó a Lelio Sacaletti y, desde el primer momento mantuvo un pulso con el número 1 de la institución (Ettore Gotti Tedeschi) a causa de las cuentas secretas de las que mutuamente se acusaron, del que resultó vencedor. A tal punto llegó su victoria que, contra el íntimo deseo de Benedicto XVI, el alemán Ernest von Freyberg, el nuevo presidente, lo ratificó en su cargo. La verdad, que es tozuda, demostró que Gotti, autor de un lúcido y autocrítico memorial, tenía razón cuando afirmaba que “las cuentas existían y que su director operaba a su antojo con ellas”. Ahora, un caso que, para muchos observadores, es “anecdótico en cuanto a volumen” fue suficiente para acabar con la resistencia numantina de Cipriani y de su segundo, Massimo Tulli, que negaron, por activa y por pasiva, ante las autoridades civiles y los medios de comunicación actividades ilegales en la banca vaticana. Según todos los indicios, los veinte millones de euros son una mera propina ante el volumen de los depósitos opacos y las operaciones de blanqueo, pero bastaron para romper el dique, contra el que se estrellaron todos los propósitos de transparencia y la omertá que protegía a clientes y directivos bancarios. A medida que pasan los meses -poco más de cuatro desde el relevo en la Silla de Pedro- se entienden la angustia e impotencia de Ratzinger ante las dificultades para cortar actuaciones anómalas, “que se habían convertido en habituales” y, sobre todo, para revertir una situación escandalosa y consentida por influyentes sectores de la curia, que entorpecían su gobierno; se justifica su insólita dimisión, frente a quienes sostenían las ventajas de mantener a un pontífice débil y controlado hasta su muerte. Y, a la vez, se reconoce y refuerza la figura del Papa Francisco, un hombre sereno y objetivo, con la conciencia y las manos libres para acometer las reformas que la Iglesia demanda en su tercer milenio de existencia. “San Pedro no tenía cuenta en un banco”, dijo recién ocupada su cátedra pero, acaso hoy, si hubiera querido una institución honesta, eficaz y diligente y al servicio de los más necesitados del Pueblo de Dios.